Uber, arte urbano y el japonés del agua

Uber -Arte urbano y Romina Garcí

Hay una anécdota de Rafael Inukai, un descendiente de japoneses que vivió en Sonora la mayor parte de su vida -y que aun así, nunca pudo pronunciar la erre.
Inukai arribó a la Ciudad de México, tomó su maleta y buscó un taxi. Como suele suceder en estos casos, dio la dirección a donde quería ir y le comunicaron la tarifa. Dicen los que lo vieron, que abrió los ojos –dadas las circunstancias, lo hizo todo cuanto pudo– y exclamó indignado: “Estos chingalos chofeles nada más escuchan acento nolteño y se aplovechan”.

Viajar a la ciudad de México y enfrentarte al abuso de los taxistas, era, para nosotros los que habitamos “la provincia”, un fastidio. La capital del país es en cierta medida, el centro donde las cosas suceden. Y ahora también, el movimiento cultural de arte urbano está creciendo de manera alucinante. Hay un portal de Internet http://www.streetartchilango.com, donde, en un mapa de arte urbano, marca los espacios donde existen murales, grafittis, pegatinas, esténciles y demás, por toda la ciudad.

En los últimos años, nombres como Saner, Cix, Curiot, Paola Delfín, Sego y Seher, entre muchos otros, suenan por el mundo debido a su arte urbano.
En el mapa, los lugares se mueven de Milpa Alta a Tlanepantla; de Iztapalapa a Lomas de Santa Fé. Es, por llamarlo de alguna manera, una radiografía donde se puede encontrar las destacables huellas de este movimiento.

Romina Bécker, la artista plástica sonorense, me platicó de las acciones que, según me dice, están focalizando al Distrito Federal como un punto mundial en el tema, por su fuerza, intensidad y desarrollo. Me invita a hacer un recorrido sin rumbo, en algunas ocasiones de acuerdo a su gusto estético y, en otras, según la cercanía a alguna cantina, a unos tacos o un restaurante de buen comer y precio accesible de los muchos que se esparcen en las calles siempre vivas de esta urbe.

-Baja el Uber –me dice– es más barato, seguro y eficiente.
Y me explica: con tu aplicación en el móvil, te mandan un carro que puedes monitorear en todo momento.
El primer uberiano que nos recoge, abre la puerta, nos ofrece agua, pregunta sobre alguna estación de radio en particular (¿es decir, no tendré qué escuchar la música grupera de los taxistas?), nos ofrece cargador para nuestro celular y oh, increíble, nos pregunta que si queremos trazar nuestra propia ruta, de punto a punto, por medio de cualquier aplicación de destino a destino desde nuestro celular.

Hace algunos años, unos amigos y yo, borrachos y casi amanecidos, tomamos un taxi a nuestro hotel. El chófer, mal encarado y de no muy buen talante, nos preguntó la dirección de destino. En un tono muy sonorense, le dimos el nombre de nuestro hotel. A las 5 de la mañana, tardar 40 minutos para llegar a tu cama puede ser un fastidio -como lo fue.
Al día siguiente, luego de buscar un lugar donde “curarnos”, nos dimos cuenta que nuestra cantina de la noche anterior, en la Zona Rosa, no estaba a más de 10 minutos caminando; sí, caminando. “Señor Taxista, la porra te saluda”.

Los muros esparcidos por toda la Ciudad de México, son sorprendentes. Los hay de variadas técnicas, de colores refulgentes, trazos precisos, puntos que se vuelven gritos, sombras de vida y a veces de muerte.

En el tráfico, la gente pasa y solamente algunos detienen su andar de prisa para aquilatar un arte vuelto democracia y alejado de las galerías de “alto pedorraje”.

Entre punto-arte y punto-arte, cantina y/o taquería, viajamos conociendo a la guapa uberiana, contadora pública, madre de 2 niños pequeños, que maneja cuatro días de la semana, doce horas cada vez, y los otros dos los deja para “llevar las contabilidades de unos cuantos clientes que se escapan de los grandes despachos”.
Y otro: “me cansé de ser chófer de taxi, al capricho del patrón y éste al capricho del sindicato… Aquí, mi compadre compró el coche, yo lo manejo las horas que quiero y me da un porcentaje…”

Mientras, en la radio escucho que unos taxistas secuestraron coches Uber porque se metieron a la vedada área del aeropuerto internacional y quemaron los autos. No quieren, pues, competencia, y prefieren la violencia a mejorar su servicio monopolizado por sistemas arcaicos y mafiosos.

Pero bueno, en el D.F., hay gente de todo y para todo. Hidroarte, una iniciativa de dos casas comerciales junto con el Gobierno de la Ciudad de México, quienes patrocinan arte urbano, ofreciendo a artistas pintar murales en las casas bomba de agua potable esparcidas por toda la ciudad. A Romina Bécker, le tocó en suerte hacerlo en Polanco, cruce de la Calle Ferrocarril a Cuernavaca con Cicerón, y al iniciar el proyecto, una señora vecina de ese lugar, argumentó que ese tipo de arte, “no era ni apto, ni de la categoría del rumbo”. ¡Ah chingá! ¿Estaría esperando a Van Gogh para pintar un mural a la altura?

Total, al final, Romina Bécker pintó en la esquina de Mariano Escobedo y Ejército Nacional a un costado de la calle Newton, supongo que diario viaja allá en Uber y entiendo que ahí, no hay señoras de la alta alcurnia que se asustan por los grafittis.

Muro hidrarte - Romina Bécker

Muro hidrarte – Romina Bécker

Las reglas en México Distrito Federal cambian. Los artistas cambian. El transporte cambia y, ésta maravillosa ciudad, permanece con su embrujo y su encanto ancestral que a los provincianos, inevitablemente, nos vislumbra y nos subyuga.

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Por: Bécker García Flores

Periodista.

Supersiquiatra

Metahumano

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