El Perfume y el consultorio del doctor Patrick Süskind

venimos del desierto

Si hacemos caso a Michel Foucault respecto a que la creación filosófica, artística, literaria y científica puede estar engranada en un flujo discursivo sin que este responda a la conciencia de los ‘productores’, ‘autores’, ‘artistas’ y ‘pensadores’, no es accidentado considerar la novela El Perfume como un trabajo de develamiento del estado de la cuestión filosófica: ¿Cuál es el discurso predominante en la filosofía de este tiempo? o más bien, ¿cuál es el discurso frecuente de la filosofía actual?

Como analogía, si estuviésemos tocando la cantidad de hilos que tejen una red en cuya piel caen diversos insectos, la multiplicidad de quehaceres culturales se simbolizan, se delinean en una semiótica específica que tiende -o más bien, pretende- a expresar algo propio, y como tal, intenta clasificar el mundo bajo normativas, paradigmas y axiomas particulares. Ante esto, pensar lo narrativo como lo sintomático de una ideología no parece arriesgado, al contrario, se nos avecina al entendimiento como algo justo, como necesidad imperante que prepara al alma a un ‘análisis’ de lo humano representado en estilos, argumentos y letras. Así, la prosa nos dice más de lo que es, nos pone en directo con la mentalidad, con la colectividad y su inconsciente, nos insta a suponer que una novela puede, en ocasiones, ser la tomografía de la época o la radiografía de un cuerpo -modelo- de pensamiento.

Dicho lo anterior, comenzamos a valorar la novela por su vacío, es decir, por aquello que nos permite reflexionar sin necesidad de que nos lo diga, y por tanto, acudimos al lado negativo que se revela a través de una técnica literaria que sugiere interpretar al relato como una metáfora de las sociedades. Y en esta tesis, sólo aquí, Patrick Süskind funge de doctor, por lo que su diagnóstico de Grenouille nos es interesantísimo, e incluso, esclarecedor de si la homeostasis del organismo filosófico se ha desquebrajado por la generación espontánea de un cuadro de pensadores que cuestionan el cuestionar mismo.

Grenouille y la posmodernidad

No, no es accidentado ver a Patrick Süskind delimitar a Grenouille como a un asesino que acciona su instinto porque desea obtener la esencia-olor de las mujeres -no, no es accidentado-. Noción no tan abrupta ya que “espíritu” puede ser traducido como “viento” (neuma), o de modo más íntimo, “aliento”. Es decir, si la esencia se percibe, en Süskind, es por su cualidad de ser recibida a través del olfato. El viento es, pues, emanado por el cuerpo de la mujer, por lo que Grenouille se obsesiona con extraer el espíritu, condensarlo, retenerlo. En tal dirección Süskind relaciona el asesinato fuera de una moral o de un juicio psicópata que causa placer. El énfasis no está puesto en el sentido de la muerte, y por tanto, esta funciona aquí como un medio necesario para aprisionar y conservar el espíritu en la materialidad. Es así que el juicio rebasa lo moral para postergarse a un sentido ontológico y místico de la vida. ¿Puede sujetarse el espíritu? Si el espíritu es un “viento necesario y vital” percibido por el olfato cabe inferir entonces que es materialidad pura. Süskind anota un misticismo pos-metafísico, es decir, rompe con el discurso de la metafísica en donde la esencia se mantiene con carácter volátil.

Para Grenouille el espíritu no se capta con los ojos, es decir, no se distingue en el reflejo, en la “mirada” (exigencia perceptiva de vitalidad para Sartre). No es pues la expresión kantiana de un fenómeno ni un acontecer a la conciencia con tinte fenomenológico. O sea, la esencia no acontece ante los ojos y ni siquiera se capta con el tacto a la manera empirista. Aquí la aprehensión del espíritu remonta, paradójicamente, a la materialidad del sentido del olfato -el sentido con el cual Demócrito dilató su vida cuando inspiró los átomos del vapor de unos panes. ¿Hacia dónde nos dirige esto? A ver que fuera de la filosofía moderna Süskind señala que el espíritu es materialidad, que la esencia lejos de ser etérea es densa, pesada, presente, es decir, que la esencia (ousía) es presencia (parousía), pero no fenoménica positivista, sino presencia que se capta al digerirse, al beberse, al olerse, es decir, una que es más nítida cuando es adoptada (olida), respirada, inhalada, o sea, cuando llega a tornarse inherente al espectador.

Se recalca entonces un espíritu atómico, material, no-metafísico; espíritu que se mantiene en los márgenes de una percepción sensual. Grenouille, por tanto, no discurre en una “fenomenología de la percepción” (Ponty) ya que el olor pierde su ser cuando no es olfateado, más bien, él adopta una intersubjetividad, una armonía preestablecida donde la realidad tiene dirección porque es vislumbrada en consonancia por las diversas mónadas.

Psicoanalíticamente, exponemos que Patrick Süskind demarca un mito fundacional de la concepción filosófica en la posmodernidad, lo que conlleva a concebir que exclama la condición vigente de la literatura y del pensamiento. El Perfume no es sólo la historia de un asesino ya que el énfasis no está en la valoración moral, sino que es, pues, la narración con la cual el inconsciente delata el estado de la filosofía y la concepción general del mundo. Bajo esta condición El Perfume es un relato, un mito configurado con la estructura de novela y por ende no como fábula ni como verso, ni siquiera es un mito que alude a un rito o propone una especie de moraleja o sentido ético del ser, al contrario, es un mito vacío, carente de metafísica.

En concreto, El Perfume es una ficción que procura situar la condición espiritual de un hombre eternamente material pero efímeramente consciente, es decir, es un historia en donde la eternidad metafísica se compacta en una finitud material que, no obstante, localiza su carácter trascendental en lo terrenal. Sin embargo, aun cuando el discurso es a-metafísico no logra ocultar la verdadera inquietud de inquirir en el ánimo, en la vitalidad que empuja la existencia humana, y como tal, la filosofía se descubre como la condensación de una especulación que negando al ser, se vuelca hacia las cosas, reificando lo abstracto, lo real, y que disfrazando la urgencia de la nada, intenta ubicar lo perenne en lo corpóreo, renegando así del propio impulso que propende hacia la verdad, hacia lo que no ha de encontrar en esta tierra.

¿Si la verdad ha de hallarse en los entes, dónde nos ha quedado el ser? Demanda que Heidegger previó al comprender la esclavitud que la razón impone al mundo, y por tanto, indicación que se aplica a Grenouille en el intento de objetivar lo existente al acabar con el flujo sanguíneo y al argüir sobre la fluidez que contiene el torrente paradójicamente inservible fuera de su complejidad sistémica con los tejidos vivos. ¿Es que en la posmodernidad sigue existiendo el discurso objetivante de la razón absoluta? No, sino que después de la ‘cosificación’ del cosmos la razón confunde su propia desmitificación al proyectar sus ruinas y escombros en el ser, y en consecuencia, la desestimación de lo racional pone a la razón en el anhelo de venganza, por lo que ella  se lanza a derribar lo que conoce bien, ya sea negándolo, problematizándolo o quieriéndose diluir en pos de un ‘romanticismo crítico’. Ella nos hace entender de esta forma que incluso lo inconsciente tiene orden, lógica y sintaxis, y que la caída de los metarrelatos (analizada bajo criterios estrictamente filosóficos) no implica la extinción del ser y su verdad.

Süskind es el filósofo, Grenouille la filosofía y El Perfume su discurso.

Y el estado de la cuestión podría cambiar:

¿Cómo hacer que la filosofía cese de maquillar cadáveres para empezar a desmaquillar vivos?


 Por: Michell Giovanni Parra Alvarado

Licenciado en Filosofía

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