ARS VOCALIS MÉXICO | RESEÑA DEL CONCIERTO DE Karen Gardeazábal, Carlos Zapién, Ángel Rodríguez y más

La cancelación repentina de Ramón Vargas originó un concierto memorable basado en el repertorio italiano y mexicano.

El concierto de este martes 15 de abril fue la primera vez en muchas cosas para Cultural Jikau A. C. y Ars Vocalis México: la primera ocasión en que el invitado de la noche cancela su presentación por motivos de salud; el primer concierto armado en 24 horas; el primer pianista acompañante ovacionado de pie; las primeras flores que vuelan desde el escenario al público; y la primera ocasión en que la mexicanidad exuda igual por los poros y las gargantas unidas de los concertistas y espectadores, como una metáfora de la renovación perpetua que permite la música en comunión.

Ante el teatro lleno, el Dr. Óscar Russo Vogel, el tenor internacional Ramón Vargas dice a los asistentes con un dejo de pena: “desafortunadamente la salud no se puede prever”, como una disculpa por su repentina cancelación, y añade que “hago un voto para regresar a esta ciudad y hacer un concierto, para ofrecer un recital en el que yo pueda dar lo mejor de mí mismo”, y la tensión, la desilusión evidente, termina en un aplauso comprensivo.

Eso lo aprovecha, con el nerviosismo natural, la elegida para suplir a Vargas, la joven soprano mexicana Karen Gardeazábal, ganadora ya del Concurso Carlo Morelli, el más importante de los certámenes de canto y ópera en México y con una carrera internacional que apenas despega pero que ya promete satisfacciones grandes.

Gardeazábal va sobre el repertorio italiano que Ramón Vargas prometió en su programa; Sebben crudele, de Antonio Caldara; O mio babbino caro, de Giacomo Puccini, y por primera ocasión también interviene en el mismo festival Carlos Zapién, el ideólogo de Ars Vocalis México, para ayudar a llenar la noche con Non t’amo piu, de Francesco Paolo Tosti;  y Parlami dámore Mariu, de Cesare Andrea Bixio, que se unen a las obras interpretadas por la soprano antes de llegar al intermedio del programa.

Luego la canción en castellano que abre con una zarzuela, Carceleras, de Ruperto Chapí, y la noche se desgrana sobre el repertorio mexicano que también tenía pensado ofrecer Ramón Vargas: A la orilla de un palmar, de Ponce; Despedida, de Grever; Bésame mucho, de Velázquez; Rival, de Lara, e intervienen también un par de alumnos que por golpe de suerte, la mala suerte de Ramón, tienen a su disposición uno de sus primeros escenarios e indudablemente su primer teatro lleno, el tenor Édgar Ricaud y el barítono Esteban Baltazar.

Y entre tantas primicias aparece otra, la del pianista Ángel Rodríguez y su engañosa figura. De corta estatura, pelo rizado a más no poder y una sonrisa que jamás se borra, hace rebotar hasta las alturas su mano izquierda con una fiereza también falsa, pues en realidad está haciendo un delicada separación de frase, y sin previo aviso arroja un tablazo vil en la zona grave del teclado que le da otro color a la interpretación de Gardeazábal con una nota seca, agresiva, imponente al arrancar al piano sólo ruido, no la música que de él se espera pero que en ese contexto es un ruido dulcemente sonoro.

Rodríguez ofrece a solo su propia versión de La Bikina y el tiempo retrocede: nos encontramos ahora en la época del virtuosismo pianístico mexicano anterior al nacionalismo. Su perfil recuerda a la estampa del pianista nacional afrancesado y genial que conoció Ricardo Castro o Ernesto Elorduy, tan cercano entonces al porfirismo y por eso estigmatizado aunque sin restarle eminencia como músico.

Y Rodríguez ofrece una nueva postal al soltar una lágrima con el público de pie frente a él, pone en beso en la mano y lo deposita suavemente sobre el tablado, se toca el pecho abrazando a todos y va a lo que sigue, a la improvisación de obras que no están en el programa pero que el público pide a gritos de aquí y de allá.

Así surge Cucurrucucú, con fallas en la letra pero mucho corazón, eso sí, y en la que la soprano, como solista, coloca como coro a los varones; Júrame, con todos juntos; luego Granada; Sonora querida después, hasta que cada uno de los cinco recibe un ramo de flores como agradecimiento y lo arrojan, de uno en uno, a los asistentes como gratitud endosada, hasta que empieza la retirada de todos sumergidos en una suerte de tibio sopor nacionalista, pero no sereno sino exaltado, alegre y con ese toque de desorden calculado que es en sí la recuperación de la identidad pacífica y gozosa del mexicano verdadero, no el de las armas ni la bravuconería a la que tan mal nos acostumbramos en estos años, sino el del intimismo compartido en el canto que desde siempre nos caracteriza.

Definitivamente una noche de intimismo nacionalista en el concierto de AVM.


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Por: Lic. Erick Alba.

Supersiquiatra

Metahumano

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