¿Para qué jodidos sirve lo que estudias?

we came from the desert

El pulso ideológico de una sociedad puede ser medido por la pregunta: ¿Para qué sirve lo que estudias o estudiaste? La respuesta debe ser tan certera y tan enmarcada en los términos utilitarios, que una simple falla coloca al cuestionado en el patíbulo del desprestigio público, o en términos platónicos: en la “verdad” social, la engañosa opinión (doxa).

Las cosas no se quedan ahí, sino que podemos decir que existe todo un rubro de preguntas con la misma naturaleza: ¿De qué vas a vivir?, ¿en realidad qué es eso que estudias?, ¿por qué no estudias una carrera que te deje más dinero?, ¿no quieres casarte y formar una familia?, ¿por qué no estudias algo de verdad?, ¿le tienes miedo a las matemáticas, verdad?, etc. Se quiera o no, el constante tsunami de escepticismo que las personas demuestran ante todos aquellos que hemos escogido por vocación una carrera un poco alejada del status quo logra tener un peso, claro, porque llegado el momento debemos demostrar que el binomio saber + poder funciona, y que quemarte las pestañas estudiando carreras como filosofía, psicología, arte, letras, diseño gráfico, música, etc., tiene su recompensa. Además, el utilitarismo siempre se ha llevado bien con el funcionalismo, y es así que al final queda: ¿Lo que he aprendido funciona?

Como se dijo al principio, la ideología se revela por medio de la pregunta desde el momento en que se sitúa la funcionalidad y la utilidad económicas como parámetros de lo que debe y tiene que estudiarse, esto es así debido a que el conocimiento se legitima como conocimiento desde el momento en que tiene una aplicación práctica, pero es aquí donde es preciso detenernos: ¿por qué pensar el conocimiento como un saber legitimado sólo cuando tiene una aplicación visible (monetaria), positiva (que se muestra) y que “sirve” a los intereses de las operaciones -y operadores- económicas globales?

No es extraño ver que un gran porcentaje de los proyectos de investigación se reduzcan a la “tecnologización”. Vivimos en un mundo “tecno” donde el conocimiento se convierte en tecnología pura y no en un interés -perdone por decirlo- desinteresado por la verdad. La matemática pura (la investigación lógica de la matemática por la matemática misma), la biología y la psicología, entre otras disciplinas, se vuelven medios para beneficiar intereses empresariales y hoy en día se les adjudica el apelativo de “aplicadas”: matemática aplicada, física aplicada, psicología aplicada, biotecnología.

Que quede grabado, por favor, que no se está diciendo que tales estudios no deben realizarse, sino que se expone que no es accidentado el hecho de que los nombres de las disciplinas tengan un apellido y que menos accidentado es enunciar que de un tiempo para acá se pongan en boga.

Si la investigación estrictamente tecnológica ha desbancado a la investigación científica (ese terreno disciplinario que pretende ser objetivo) no ha sido por la naturaleza de la ciencia, sino por la naturaleza de la ideología: cosificar, crear cosas para conocer, manipular y controlar. Cabe citar aquí la protesta que la Escuela de Frankfurt esgrimió: la modernidad, a pesar de su ilustrada consigna, nos ha llevado a Auschwitz. ¿Cuál era la consigna ilustrada sino el humanismo libertario, igualitario y fraternario? Liberté, égalité, fraternité. Las revoluciones científicas no son más -a pesar de lo que Thomas Kuhn establece como cambios paradigmáticos por un progreso– las revoluciones gnoseológicas (del conocimiento) sino las revoluciones del capitalismo que tiene como estandarte la “robotización” del hombre y el establecimiento de un criterio científico que, justifica como válido, aquello que puede habilitarse como conveniente en el mercado global. El humanismo ilustrado ha devenido en una ilustración de lo robótico, en un humanismo propuesto por la ilustración de lo artificial. La consigna no es más “libertad, igualdad y fraternidad”, sino “desarrollo, técnica y pensamiento artificial”.

El hombre actual – en su mayoría- siente una fascinación por los alcances de la técnica y, si en la Edad Media vivía en un teocentrismo, y después en el Renacimiento viró hacia el antropocentrismo, según su propio afán de pensarse como la medida de todas las cosas y debido a la inercia natural de una razón que pretende manejar el todo, ahora ha cambiado el paradigma por un tecnocentrismo. Esta es la época del “tecnocentrismo”.

A principios del siglo XX el fisiólogo Pávlov encontró los primeros destellos de un interés vehemente por el condicionamiento de la conducta. El conductismo no sólo tuvo auge por haber encontrar formas de tratar una conducta específica, sino por el enorme abanico de posibilidades que se abría ante el interés de delimitar las sociedades, y hoy paralelamente, muchas disciplinas se fomentan para hallar resultados más precisos de conocer al hombre y manejarlo. No se opta entonces por reconocer e investigar nuestra humanidad para reubicarnos espiritualmente, o como diría Erich Fromm: para pasar del “tener” al “ser”, sino que se tiende a la elaboración de métodos que guíen al cerebro en cierta dirección de consumo, de pensamiento y comportamiento. Una variante neotécnica disciplinar de este movimiento se encuentra en la psicología del consumidor. La presentación de un libro cercano nos dice:

Cabe preguntarse qué es eso de la psicología económica y del comportamiento del consumidor. ¿Quién lo usa? ¿Por qué y para qué se estudia? ¿Es útil para las empresas, los publicistas, el Estado, los investigadores de mercado o la gente? ¿Sirve para vender más productos, para saber cómo consumir de una manera responsable y justa, para aprender y acumular conocimiento sobre estos aspectos específicos, o para averiguar los mecanismos mediante los cuales la gente consume cosas que no necesita en absoluto? ¿Encontraremos un recetario para convertir en consumidor a quien no lo había sido nunca o unas reglas de oro para poner en práctica en nuestra vida profesional, o más bien conoceremos las verdaderas razones por las que consumimos lo que consumimos? ¿Es el comportamiento del consumidor el que nos explica la psicología económica, o quizás hay también una psicología del consumo? (Gil y Samuel-Lajeunesse, p. 11).

Y es de esta manera que el investigador se convierte en apologista de un conocimiento valorado por la utilidad: lo que deja números, lo que controla para sustraer beneficios y bienes económicos, lo que da poder sobre todos, el simple medio para dominar.

Ahora bien, la naturaleza del pensamiento técnico se entrelaza de modo ineludible con el arte. La misma palabra “arte” nos muestra en su etimología que “tecné” y “ars” están relacionadas, y aprovechando esta cualidad histórica-lingüística se infiere que la expresividad requiere de medios o herramientas. La espacialidad y la temporalidad son estudiadas como bases para la composición y realización de obras, escenas, perspectivas, armonías, etc. El arte pictórico -por citar algún tipo de arte-, por antonomasia visible, funge muchas veces como la estilización de lo psicológico y por tanto como el rubro expresivo de lo simbólico. Nos lleva, de cierto, al estudio del inconsciente, de lo histórico y lo semiótico. Es decir, es un medio excelente para la representación que no sólo pretende ser representación de lo real, sino representación de lo imaginario y lo cultural, de la naturaleza abismal de lo humano.

No obstante, al señalar el concepto de técnica entrelazada con “arte” se tiene la ventaja de hacer ver que la expresión puede ser instrumental, es decir, que la creación o manifestación de lo simbólico puede tener un uso amañado o habituado a la realización de ciertos fines propagandísticos. El arte se vuelve diseño instrumental, pero, ¿acaso algún arte no persigue un fin alejado -en términos estrictos- de la expresión del alma? Por ejemplo, comúnmente se propone la tesis de que el inicio del arte pictórico (pinturas rupestres) cumplía una “función” -y otra vez la palabra que nos refiere a la utilidad aparece- mágica, es decir, se hacía con el propósito de obtener algún control sobre la naturaleza animal, por otro lado, si nos acercamos más a nuestros tiempos aunque un poco alejados del arte pictórico ¿dónde dejamos el llamado funcionalismo de la Bauhaus?

Sin embargo, no todo lo funcional es artístico -y aquí es donde emergen las expresiones alejadas del canon de una estética artística o surgen creaciones valorizadas según el criterio de una “curaduría” que, poniendo a los objetos en un nuevo contexto y posición, adquieren un nuevo sentido- ya que lo artesanal en su contexto estricto parece albergar todavía una sospecha. Y curioso es que lo artesanal para ser artesanal tenga que estar fuera de la reproductibilidad técnica (en términos de Walter Benjamin), es decir, el “aura” no puede consumirse debido a que lo artesanal pierde su esencia cuando se somete a la reproducción en serie. Pero, quizá -podría decirse en contra- “lo artesanal no pertenece en su mayoría a lo pictórico, y aparte Walter Benjamin observaba el concepto de aura bajo la reflexión de la copia constante de las pinturas”, sin embargo -se responde- el concepto de lo artesanal nos sirve para comprender que todas aquellas expresiones que prescinden de la tecnología moderna -que reproduce cosas sin fin- o que se llevan acabo fuera de los márgenes establecidos y alejados de la legitimación de una institución se convierten, entonces, en variables que demuestran que en la actualidad los conceptos de “utilidad” y “función” llevan en su esencia el ser palabras redefinidas bajo un marco económico y no bajo un criterio progresista que puede resaltar que algunas tesis, conocimientos y métodos de las ciencias sociales -ahora sí el uso- son realmente útiles para formar un pensamiento crítico que denuncia las artimañas con las cuales el hombre es engañado.

La praxis transformadora de lo político y lo económico se conjuga con la teoría y el conocimiento, es decir, el estudio que generalmente es desechado como “inútil” es precisamente catalogado de esa manera porque en su interior pulula el pensamiento reflexivo y el interés por la verdad, y de este modo carga en su seno la alternativa de ser un conocimiento desestabilizador que cuestiona lo legitimado por la ideología capitalista. De modo que el simple interés desinteresado por la verdad se vuelca a un estudio tan sistemático que requiere un tiempo dilatado que trastoca el dinamismo tan álgido del quehacer científico-tecnológico.

La ciencia misma es financiada por su operatividad tecnológica y no epistemológica (relativa a un conocimiento que tiene por fin su propia justificación); el diseño gráfico es enseñado y alabado por su capacidad de impresionar, persuadir, convencer y concentrar información de una empresa y un vendedor -de productos o ideas- al consumidor; la semiótica se enseña como un método de interpretación que permite la elaboración de signos y campañas más efectivos; la proxémica, la kinésica y la antropología estudiados para la persuasión y la creación de imágenes públicas interconectadas con el desarrollo de percepciones convenientes de los agentes políticos, comerciantes, oradores, artistas y figuras de la farándula; la química y la biología como disciplinas necesarias para el desarrollo transgénico, la mutación, la modificación de los alimentos en general que pasan a ser parte de una marca, y la creación de medicamentos que modifican el cuerpo según un interés específico; la enseñanza de idiomas se promueve como medio de mera negociación; las ciencias de la educación se erigen como una fábrica de tutores o facilitadores que mantendrán la institución de un paradigma que exige un pensamiento “tecnologizado”; e incluso, a veces la filosofía es divulgada como el conjunto de pensamientos con los cuales se puede sustentar un pensamiento extraño y absurdo o como una disciplina que permite asesoramiento económico y político según el mundo globalizado.

Por lo tanto, según lo anterior -y según otras cosas no escritas-, la pregunta ¿para qué sirve lo que estudias? denota con fulgor que la ideología carcome los huesos y que llega a estructurar al inconsciente a tal grado que impide percatarnos de que somos víctimas de ideas ajenas cimentadas en el corazón mismo de la ambición, la vanidad y el ego.

Cuando alguien ose preguntarte ¿Para qué sirve…? Puedes enfadarte un poco menos al entender que detrás de la cuestión no sólo hay un sujeto, sino una ideología por la cual todos somos en mayor o menor medida heridos y golpeados, y por lo mismo, muy probablemente dicha persona en realidad está preocupada por tu futuro. Siendo así, no está de más evaluar si realmente deseas pagar el precio de tu vocación. Ahora bien, se pregunta: ¿De qué sirvió este escrito?, o ¿cuántos lo leyeron y pusieron “Me gusta”? Como si se tuviera entendido, en estos días, que el interés se calcula con la simulación de likes ya que según el mundo virtual el botón sirve como parámetro de la buena recepción pública. Como si fuese el único criterio con el cual se mide el impacto o la magnitud de pensamiento crítico que puede despertar.


Bibliografía:

Gil Juárez, A.; Samuel-Lajeunesse, J.; et al. (2004). “Psicología económica y del comportamiento del consumidor”. Barcelona: OUC.

 Por: Michell Giovanni Parra Alvarado

Licenciado en Filosofía

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