La catarsis cotidiana

Broken Flowers (E.U.A. 2005)

Aun me sorprende que las telenovelas sean los programas que dominan la TV nacional y de cómo influye en nuestra vida cotidiana. Ríos de tinta han corrido de estudios de la antropología, la sociológica o filosofía sobre la influencia en nuestra educación sentimental del melodrama, ya sea en su formato televisivo o cinematográfico, es decir, el drama es nuestra referencia sobre el cómo reaccionar ante las problemáticas cotidianas. Como diría el escritor Pablo Pérez Rubio: “El melodrama ya es en sí mismo una ideología”. Nuestras formas de actuar ante los conflictos interpersonales están afectadas o influidas por la distorsión del perfomance dramático.

En una de las raras ocasiones que ceno fuera –es decir, cuando mi bolsillo lo permite- observé junto con mi acompañante una “escena” en plena comida: una pareja –la que asumí como tal- la chica hizo rabietas tan fuertes que la podía escuchar a varias mesas de distancia y terminó por arrojarle la bebida al tipo en la cara, es cuando en mi estupor pensé que esto sólo ocurría en las series de TV o en las telenovelas, es decir, lo que vi aquella noche sin duda es un claro ejemplo de que algunas de nuestras reacciones ante los conflictos humanos se encuentra permeada de drama.

Supongo que la mayoría de los seres humanos –en lo que respecta a la cultura occidental- nos hemos visto inmersos en situaciones en que los problemas interpersonales, ya sea un pleito de un noviazgo o la discusión entre padres sobre la educación del niño, la acción se exagera y no se encuentra a la altura de la circunstancia sino que se transforma en un escenario teatral imaginario. Es decir, los conflictos se exacerban ante la situación “real” y se dramatiza. Nuestra manera de entender el conflicto humano, viene sobre todo influido por la televisión, el cine, la balada pop de la radio, las revistas del corazón, etc.

El subgénero del melodrama, que deriva del teatro griego, en donde la interpretación de los conflictos emocionales se plasman de una forma exagerada para lograr  un impacto en el espectador. Recuerden las escenas clásicas del cine melodramático de Nosotros los pobres de Ismael Serrano, en donde se pone en escena situaciones muy densas sobre la precariedad de una familia, o vámonos a los capítulos de “La rosa de Guadalupe” en donde los conflictos humanos se representan con el cliché escenográfico de los violines chillantes como música de fondo mientras el hijo le confiesa a su madre: “mamá quiero ser un artista” y la madre reacciona como si la vida se le fuera con el close up de marca de la casa Televisa.

Nos guste o no, el pilar de la cultura mexicana es la telenovela –ya sea de Televisa o Tv Azteca- y forma parte de nuestra educación sentimental, pero claro, esto dándolo como hecho en la cultura general, y uno se puede rebelar ante ese “centro” cultural.

Hay algo curioso, en la antigua Grecia –pilar de la cultura occidental- en la vida civil a los jóvenes los llevaban a presenciar obras trágicas para que aprendan a actuar en los conflictos interpersonales que en su vida adulta iban a afrontar. Imagínense que las obras Sófocles o Esquilo era para ellos la didáctica de actuar en la vida. A lo que en la idiosincrasia mexicana se traduce en la telenovela: de “Edipo Rey”, pasando por “Cumbres Borrascosas” a “Lo que el viento se llevó” hasta llegar a “Titanic” y “La rosa de Guadalupe” nuestra vida cotidiana se encuentra trastocada por la influencia del melodrama.

Otra vez, el gesto de la chica en su reacción en el restaurant, sin duda me confirma la frase de Pérez Rubio, de que sí, efectivamente el melodrama es un ideología en nuestra cotidianeidad ¿Cuánta neurosis, desplantes inútiles hemos presenciado ante cualquier conflicto?

Freud dice que el inconsciente no lo descubrió él sino que los  mismo escritores del Teatro de la Tragedia lo hicieron. Esto me lleva a pensar en el concepto de “catarsis” de Aristóteles que en su Poética decía que al asistir a un obra dramática, el asistente llega a empatizar con el héroe, sufre por lo que pasa y eso provoca una catarsis, es decir, una purga de nuestros deseos oscuros o perversos que son prohibidos en nuestra vida civil. El escenario es una proyección de nuestro inconsciente y es a través del ingrediente ficticio de las técnicas dramatúrgicas logra por terminar ser una válvula de escape ante nuestros oscuros deseos que se encuentran constantemente reprimidos por nuestra cultura dominante.

Necesitamos nuestra dosis de ficción para sacar el inconsciente y liberar ciertas tensiones psíquicas que nos deja en un estado de bienestar. ¿Sera cierto que necesitamos de cierta dosis de ficción para estar bien? ¿Una vida centrada o sobria enfocado en lo “real” es por ende es desazonada o aburrida?

Después de mi sopor reflexivo de haber presenciado tal “acto dramático” en el restaurant con mi cita, sufro un deja vú, me despido, ella se retira y el deseo aumenta. Regreso a mi casa, solo, con el vaso de agua lleno hasta el borde de deseo. Pongo el DVD y me pongo a beber vodka, viendo esas películas de lucho-contra-la-adversidad-y-triunfo mientras me emborracho hasta altas horas de la madrugada y quedar en posición fetal llorando y ebrio hasta perder el conocimiento y terminar con los pantalones meados… ¿Qué puedo decir? el drama es catártico.

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