Imágenes desechables

En 1925 Lazslo Moholy-Nagy dijo que el analfabeta del futuro no sería aquel que desconociera la escritura sino la fotografía. A casi 90 años de esa aseveración la captura fotográfica es parte de lo cotidiano. Es imposible concebir nuestro devenir diario sin la presencia de un dispositivo de captura. En su mayoría este dispositivo esta contenido en la carcasa de nuestros teléfonos celulares.

La portabilidad de estas cámaras compactas sumada a la necesidad activa de una comunicación constante supuso, para muchos optimistas, la inauguración de la democracia fotográfica. La facilidad de captura y la inmediatez de su distribución maravilló a un público acostumbrado a largos procesos de comunicación. Sin embargo estos procesos tenían como consecuencia una relación casi ritualística y sagrada con la imagen fotográfica, lo que la señalaba como componente esencial de los bancos de memoria que componen nuestra historia personal.

Yo no soy uno de esos optimistas. Soy un fuerte crítico de la manera en la que se ha utilizado la fotografía en los últimos 13 años, cuando se empieza a vender el primer celular con cámara. Yo no creo -ya no- que la fotografía se ha democratizado, sino más bien masificado. No estamos generando imágenes fotográficas, sino reproducimos módulos iconográficos; cliché tras cliché de un alfabeto visual estandarizado. La fotografía de hoy en día esta más cerca -sólo de manera superficial- al “imagos” descrito por el psicoanalista Carl Gustav Jung -la comunicación de la identidad- que el “imagos” de la antigua roma -la articulación visual de la imaginación- y aun así nuestra misma identidad, en lo general, no es otra cosa más que la imitación de módulos mediáticos: Somos superfluos, transitorios e inconsecuentes. Jung vivió en una época donde la imagen era realmente identidad y memoria. Hoy la imagen es compulsividad y desecho. Un adecuado producto de mentes con una habilidad de atención y retención.

Querido Lazslo, agarrar un lápiz no significa saber hacer poesía.

Hoy todos tomamos decenas de fotografías a diario. Sin embargo no todos estamos más instruidos en los significantes e implicaciones de la imagen.

¿Cual es el problema entonces? ¿A quién le hace daño que a un adolescente, por ejemplo, se le pegue la gana declararle al mundo que está por comer sushi o tomando con sus amigos?

Pensemos en sistemas culturales, sistemas tan viciados que la aparentemente simple tarea de determinar sus fisuras requiere no de un ensayo o análisis, sino de cientos, de miles de libros, generandose a diario y en todas partes.

El sistema cultural del que deseo hablar ahorita es el de la compulsividad visual, el de las relaciones y sistemas sociales que se desprenden a partir de esa imagen compulsiva, y, sobre todo, el de nuestra capacidad de desplegar reflexiones significativas a partir de nuestras actividades cotidianas.

Esta es una problemática epistemológica y por lo tanto de cultura. Si las nuevas relaciones sociales se desarrollan en el espacio virtual de la red social y esta red gira justamente en torno de la imagen, entonces la lógica nos dicta que los intercambios emocionales y cognoscitivos surgen necesariamente del contenido de estas imágenes.

Imágenes de alimentos, fiestas o atardeceres con filtros exagerados son imágenes ricas en elementos de estudio ya que un pensador podría hacer lecturas de roles de género, diferencia en clases sociales, identidad contemporánea y un largo etc. Pero para nosotros, los recipientes de esos mensajes visuales, no significan nada más que un aburrido reality de una cotidianidad que no está proponiendo ningún tipo de enriquecimiento cultural. Imágenes inconsecuentes productos de una neurótica necesidad de contacto y respuesta. Nos hemos convertido en generadores de comunicación basura, literalmente basura ya que la imagen compulsiva es tan insignificante en nuestros días que ya ni siquiera es impresa, sino se pierde en un mar de miles de capturas, escondidas en carpetas de Facebook olvidadas, haciendo un testimonio tan simple como superfluo: No puedo dejar de hablar de mi.

Esto me recuerda, y utilizo este recurso para terminar, en la maravillosa frase que Joel Parish le dice a Clementine en Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos: Hablar constantemente no es comunicarse.

Luis Mercado

Maestría en Artes Visuales en la Academia de San Carlos, DF. Becario del FONCA Jovenes Creadores 2012-2013. Artista Plástico.

Be first to comment