Un par de cinéfilos

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Mauricio y Antonio fueron mis mejores amigos muchos años. Ambos eran amantes del cine, sabían de memoria títulos de películas, nombres de directores, el número de filmes en que aparecía tal o cual actor. El dúo conocía de primera mano las marcas de las cámaras y lamparas utilizadas en determinada escena, siempre actualizados en cuanto a nuevas tecnologías se refiere, e incluso estaban bien enterados de la vida amorosa de los famosos y el lado oscuro de las estrellas. Eran de los que no se levantaban del asiento hasta leer las letritas que salían al final de las cintas. Toño y Mau eran especialistas del séptimo arte.

Andrea se quejaba de que su novio no era un chico normal, no era de esos que ponían las manos encima de las rodillas y que luego las subían a otras áreas del cuerpo. Mau no abrazaba a Andrea en las escenas de suspenso; le decía: amor, déjame ver la película.

Mauricio no era el típico muchacho que llevaba con engaños a la chica en turno nada más para estar en lo oscurito. No es de cinéfilos confundir el cinema con un motel de paso. No sé para que me traes al cine, reclamaba Andrea, pero él no apartaba la mirada de la pantalla.

Mau y Toño incluso tenían un itinerario bien establecido:  miércoles de dos por uno, jueves de comedia romántica, viernes de acción, sabado de exégesis y domingo de cine mudo.  El dúo creía en las rutinas de gimnasio y en la disciplina. Por el contrario, yo quería vivir un eterno domingo.

Mauricio y Antonio solían amenizar las reuniones con sus comentarios: la primera actuación de Benicio del Toro fue espectacular, ni siquiera se puede comparar su trabajo con los mejores años de Brad Pitt, argumentaban, lo hecho por del Toro superó por mucho a cualquier actor convencional. Y continuaban: Martin Scorsese es un genio sin parangón que se aleja de las miserias visuales a las que nos tiene acostumbrado el cine multitudinario; y exhortaban, el público promedio debería exigir cintas de mayor calidad y no conformarse con “sé lo que hicieron el verano pasado”.

A Mau le venía perfecto el oficio de orador. Era como escuchar a uno de esos tíos encargados de relatar a un grupo de extranjeros  sobre las atracciones turísticas  de la ciudad en unos de esos transportes de dos pisos. Y era de los que nunca dejaba nada a la imaginación: enfrente vemos el parque donde se grabó una de las escenas cumbres de Philadelphia; allá se encuentra la casa de uno de los actores más sobresalientes de todos los tiempos, Morgan Freeman; y enseguida, una de las mascotas más emblemáticas de la pantalla grande, Lassie.

Antonio en cambio se conformaba con dar recomendaciones del cine underground más marginal de todos los tiempos; decía: ojo con lo que se está haciendo en China, Ping Pong Ping Pong es una de esas cintas que llevan al espectador de un lado al otro como una pelotita, metaforizaba, un filme que nos obliga a reflexionar en torno a la vulnerabilidad de la vida contemporánea, una pieza clave para entender la evolución de la contracultura en el cine, argumentaba.

A veces durante las charlas pensaba:  ¿Cómo se llama el tipo que dirigió Jurassic Park y el actor que la hizo de abuelita en Papá por siempre? Leonardo DiCaprio creo que fue el protagonista del Titanic; una de las películas más cursis y taquilleras de la historia. ¿Apoco Hellraiser es el título en inglés de esa movie donde salía el chico de las agujas  que tenía un cubo para abrir las puertas del averno? Preguntas así, me decía, mejor reservárselas, al César lo que es del César.

Hubo un tiempo en que Andrea se solidarizó conmigo y salíamos a fumar a mitad de la película. Ahorita venimos, decía alguno de los dos.  A Mau y Toño no les bastaba la rutina de gimnasio, el itinerario que tenían; rentaban pelis para cerrar con broche de oro una que otra reunioncita. Un buen día la cosa cambió: Andrea no se movía del asiento hasta que salieran las letritas, se hizo de una lista de filmes y en su día de descanso los veía, dejó el cigarro y por supuesto a Mauricio. ¿Qué función habrá hoy en el cine? ¿Quién sí acaricia sus rodillas?, pensé de repente un día.

 

William Hernández

Egresado de la Licenciatura en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Le gusta cocinar sushi y teriyaki y yakimessi y demás manjares gastronómicos. Nunca ha publicado un libro, pero promete, así como Peña Nieto prometió montonal de cosas en campaña, publicar uno algún día. Quiere ser erudito, pero su mamá no lo deja.

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