Falencia de la memoria o el montaje de una historia imposible: conversación con Iván Sierra.

Sin tener la menor idea de cómo iniciar la conversación con Iván Sierra (Cd. Obregón, 1984), quizá, por rondar errante y movido como todos, a razón de esas pequeñas historias,  esas continuas inercias que condicionan los actos humanos, así, atravesado por estos discursos, surgieron las primeras palabras de esta movediza charla. La platica en realidad se fue dando por sí sola, por más formularios y guiones preconcebidos. Y eso caracteriza a la siguiente conversación y es lo que constituye el telón de fondo de la charla; pero, además, otro es el hilo conductor de esta plática: el problema de la memoria en su afán de reconstruir historias casi inasibles, pero vitales para repensarse como sujetos; individuos que requieren de arrojarse al vacío de los recuerdos difusos, para destruir los miedos y el dolor. Aquí la conversación, esperemos sea de su agrado:

We came from the desert:

No había tenido la oportunidad de leer tu trabajo. En una primera lectura me ha dado una buena impresión. Sin quererlo no pude evitar imaginarme Filosofía del tocador del Marqués de Sade. Inclusive, después vi que en tu página de Facebook compartías una de sus frases.  ¿Qué tanto te ha inspirado la crudeza y la escatología de un escritor como él?

Iván Sierra: 

Jamás he leído al Marqués de Sade. Lo único que he leído de él es la frase que compartí en Facebook. No soy muy buen lector. No soy el lector prolífico que me gustaría. Tampoco me interesa la escatología por la escatología. Creo que lo que intento hacer es simplemente romper. Romper siempre. Soy un tipo demasiado miedoso. Eso me obliga a ser tan osado. Y no digo que mi literatura sea una osadía, pero me gusta pensar que lo intento. Que lucho por no quedarme callado.

WCFTD:

Entiendo. No eres esa clase de escritores tan cerebrales, o esos escritores que son como ratas de biblioteca, escritores cuyas obras hacen constante referencia al mundo literario, ¿o qué piensas tú? ¿Te interesa hablar desde los libros o desde dónde?

IS:

Siempre me fastidiaron quienes escriben plagando la literatura de referencias literarias. Me aburre. Yo quiero que un texto me diga todo lo que ese texto tiene que decirme. Que, si tiene alguna referencia a otra obra, pueda no endender la referencia y, aun así, resultarme significativa.

Una vez el director de un periódico donde trabajé me dijo que a mí me gustaba golpear al lector. Eso es lo que intento. Desde que escribo la primera línea de un texto, estoy pensando cómo hacer para darle un putazo en la jeta. Y a lo mejor no siempre es una niña violada ni un culo sanguinolento. A veces simplemente es el amor imposible, el miedo, la soledad.

WCFTD:
¿Has pensado que el hecho de escribir es como estar en una batalla por algo que no se sabe qué es?

IS:
Me ha pasado pensar que estoy luchando por algo y, en el camino, descubrir que todo el tiempo la historia estuvo en otro lado.
Siempre la historia me sorprende.

WCFTD:
Recuerdo vagamente que Heidegger,  aborda el tema de la obra de arte, y menciona que, el lenguaje posee también a quien hace uso de él.  Algo así. ¿A veces el lenguaje nos usa a nosotros?

IS:
Sólo las historias, no el lenguaje. El lenguaje lo uso yo. Procuro que sea melódico, hacerlo maleable. Lo llevo hacia ese lugar donde la historia me hace señas. Pero lo llevo yo. Las palabras sí son mías. Las hago mías.

WCFTD:

Parafraseándolo pedestremente, a este respecto me parece interesante aquel otro comentario de Heidegger, ese sobre la relación de Verdad y no-Verdad como momentos interrelacionados. Como si, desde esta lógica, uno nunca acabase de conocer una historia completamente, por ese ocultarse y des-ocultarse de las cosas. 

IS:

Eso es cierto. A veces revisito mis textos. Siempre me revisito. Hay textos a los que les tengo fe, pero digo: son una mierda. Algo no cuadra. Y después regreso y descubro que la historia estaba ahí, pero yo no la veía entonces, y es hasta ahí que hago todo fluir.

WCFTD:
¿A veces las historias van un paso más allá de la mano que las escribe o de quien quiere recordarlas; entenderlas? 

IS:

Creo que una cualidad del texto siempre tiene que ser la honestidad. Si no eres honesto con lo que estás diciendo, se nota. En ese sentido, lo peor es escribir cuando no se tiene nada que decir. La literatura no se escribe a la fuerza, con horarios, con disciplinas, con exigencias de tantas cuartillas, tantos caracteres a Times New Roman tamaño doce a doble espacio. La literatura es otra cosa.
WCFTD:
Pero sin embargo hay a quienes les funciona una disciplina militar o más estricta. De hecho era hasta un lema escuchar por ahí: “Para ser escritor es necesario la disciplina” Muchos lo consideran como un oficio, y a veces pienso, si ese oficio consiste en 8 horas diarias. ¿Tu lo ves más como un medio para decir lo que quieres y ser honesto?

IS:
Supongo que a cada quien le funciona distinto. Yo me he puesto como regla escribir sólo cuando tengo algo que decir. Cuando no es así, cuando me obligo a escribir, se nota el desgano, la retórica hueca de quienes se llenan la boca de palabras para no decir ni una puta verdad. Yo prefiero abrir la boca sólo cuando tengo algo que decir, soltar las tres o cuatro palabritas necesarias para decir esa verdad tan urgente, y ya. Después me callo el tiempo que haga falta callarse.
Digamos que soy un escritor mínimo.
Y digamos que prefiero las emociones que las palabras. Las palabras, aunque bellas, son sólo un medio para llegar a decir eso que quiero decir. Para decir lo justo.

WCFTD:

Excelente, Iván. Has dado en un punto interesante. Yo me pregunto cómo encuadrar esas dos cosas (lo de decir una verdad y lo del escritor mínimo) que comentas en los tiempos que corren. Porque sabemos que cada vez es más complicado hablar de verdad y esas ondeadeces filosóficas.  ¿Te consideras un escritor en abierta contraposición con la ‘novela total’ o en una búsqueda de una forma ornamentada; es decir, darle una gran prioridad al pulimento de la forma sobre eso urgente que quieres decir?

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IS:
Digamos que yo soy un escritor de lo inmediato. No me gusta adornar mis textos con palabritas que después haya que ir a buscar al diccionario. No me gustan esos artificios. Me gusta preparar la comida con lo primero que me encuentre en el refrigerador. Creo que por eso logro conectar con los dos o tres lectores que me siguen. Porque soy un escritor de mi tiempo y de mi hora. He sido muy estricto con cuidar nunca convertirme en una rancia imitación de lo que ya se hizo. Además, si uno no busca su propia voz, sus propias formas, su propio espacio, ¿cómo espera aportar algo a la literatura?

Yo, aunque sea un mínimo escritor, procuro ser auténtico. En eso, con permiso, soy muy ambicioso. Escritor mínimo, pues, pero ambicioso como el que más. No voy a ser Oscar Wilde ni Vargas Llosa ni Bohórquez ni Darrieussecq. Yo soy otra cosa. Supongo que soy Iván Sierra y nada más.

WCFDT:
Entonces he comprendido tu estética y tu intención como autor. Recuerdo que ayer conversábamos en torno a la autenticidad de la voz autoral, ¿A veces no desconfías de ese concepto? ¿Tu crees que no retomas, justamente, ciertas nociones de tu tiempo, como por ejemplo, eso de lo mínimo y lo inmediato? Eso se ha convertido en una formula.

IS:
No podría sustraerme de mi tiempo. Ni lo quiero. Además, la voz autoral no se puede domesticar. O soy demasiado romántico. Lo cierto es que no voy a dedicar ni un segundo a construir artificiosamente mi forma de narrar para coincidir o apartarme de lo que hacen los otros. La búsqueda de la voz va hacia adentro, no hacia afuera. Me interesa más conectarme con esa verdad de la que te hablaba y que quiero comunicar.

WCFTD:

Háblanos de esa verdad. Qué historias cuenta esa sensibilidad, esa voz que comparten quizá varios escritores de tu generación. ¿Cuáles son las cosas mínimas de las que habla el escritor mínimo? ¿Se puede hablar de un conjunto de realidades mínimas?

IS:

No. Creo, más bien, en realidades profundas retratadas con palabras mínimas. Me interesa decir mucho con las palabras justas. Quizá en eso no soy tan distinto a cualquier tuitero de estos días. Pero, a diferencia de muchos tuiteros, me interesa qué hay detrás de lo que se dice, que no sea sólo la parafernalia de las palabras, palabras espectaculares, las que sorprendan al lector, sino algo más. Lo que se revela. Aspiro a revelar cosas.

WCFTD:
Me parece curioso que hables de realidades profundas, justo cuando la noción de profundidad me parece ha sido muy criticada, en referencia al “arte metafísico”; no sé si me explico. Y a la vez hablas de una defensa de lo mínimo e inmediato. ¿La realidad cotidiana es la profunda, cuál otra realidad no lo es?

IS:

 La realidad fuera de la literatura siempre es profunda. La realidad que recrea la ficción muchas veces es ociosa, plana, acartonada, unidimensional, ahorrable.

WCFDT:
Veo que la niñez es un tema muy importante en tus relatos. Por ejemplo, en “Flor”,  quizá el relato tuyo que más me ha gustado, donde el narrador lame la vagina a una chica, pero, al final del relato, el narrador se desdobla y confiesa que nunca ha tenido  hermanas, ni primitas, ni amigas que jugaran con él en su infancia. Me pareció muy llamativo ese viraje.
IS:
Siempre retorno, ¿recuerdas que te conté? Siempre. No puedo evitar regresar a mi infancia para rearmarme. La mitad de lo que escribo está ahí: en la infancia. Voy y busco las piezas del Iván incompleto que soy. Y, cada vez que encuentro algo, lo comparto con el lector.
WCFTD:
En este sentido, yo también siento más cariño por la literatura cruda; digamos, la literatura que parte de los asombros o desengaños de andar por estos sitios. Pero, ¿De qué sirve decir una verdad personal más allá de decirla? ¿Qué importancia tiene decir verdades en este tiempo donde cada quien se inventa como puede?
IS:
Supongo que la literatura es útil. Muchas veces me escriben para decírmelo. Lo supongo. Yo intento decir cosas. Pero lo cierto es que, aunque siempre existe el lector imaginario, yo sólo escribo —como supongo que lo hacen siempre los verdaderos escritores— para mí. Escribo para entenderme. Busco y entrego una verdad. La literatura me la muestra. Me explica el mundo. A través de las palabras, desentraño mi infancia, quién soy ahora, adónde voy. La literatura es la mejor forma que tengo de vencer el miedo. Es eso. Como te dije hace rato, soy un miedoso que tuvo que encontrar una forma de romper.
WCFTD:
¿Romper con qué? ¿Romper contra lo atávico de las memorias que estancan el flujo de tu momento presente? ¿Romper para estar mejor contigo? ¿Entonces la literatura sería como algo terapéutico o catártico; adjetivos a los que muchos rehuyen; justamente, esos escritores más preocupados con lo formal, escritores de oficio; no crees?

IS:
Suena odioso, pero para mí es terapéutico. Si la literatura no te deshace y te rehace de otro modo, si no te estremece, si no te rompe, ¿sirve de algo? No lo sé. Pero, más allá de si resulta terapéutica o no, la literatura es siempre, para mí, inevitable. Por eso detesto a quienes se lamentan de no poder vivir del arte. Cuando uno es artista, crea no porque sea una gran persona que quiere aportarle cosas maravillosas al mundo. No. Lo hace porque no le queda de otra. Lo hace porque se está condenado a hacerlo. Si después te avientan con un peso por eso, qué mejor, pero ese peso no puede pagar el arte verdadero. No se puede. No se puede crear por encargo, por contrato. Soy un romántico, lo sé, pero en eso creo.

WCFDT:
El relato “Flor” es de los que más me ha gustado de tu trabajo. Hace rato me leí la nueva versión. Alguna vez me fascinó ese travestismo, o digamos, transmutación del narrador-personaje. En Flor veo un juego interesante con los rollos de lo femenino-masculino. ¿Buscabas retratar cómo detrás de un victimario hay un “mujercita frágil” o viceversa?

IS:
Buscaba retratar a la mujercita fragil que se siente victimario. Para mí siempre han sido muy interesantes aquellos homosexuales que se niegan, que no se creen que son homosexuales. La homofobia internalizada, pues. Eso es mi narrador de “Flor”. El niño que soñaba con tener la melena rubia y larguísima, pero que, a la postre, no puede recordarse así y bloquea su memoria.
El pasado me parece un terreno delicioso. La reconstrucción del pasado. Los juegos de la memoria.
Todos ficcionamos nuestro pasado, ¿no? Nos hacemos personajes. Nos convertimos en héroes o villanos. También lo hacemos con quienes nos rodearon.

WCFTD:
A la homofobia internalizada a veces me gusta llamarle “relato implícito”. Para mí la homofobia en los propios gays es uno de esos relatos, esos que, o jamás podemos leer completos, o que borramos, o relatos que dominan muchas veces nuestras vidas. Estoy convencido de que la homofobia no es algo que se difumine de la noche a la mañana, Flor seguramente tenía sus propios venenos.

IS:

Sus padres ausentes algo habrán tenido que ver. A veces eso lo veo hasta después: que hay historias que, pese a todo lo honesto que haya intentado ser, no terminé revelando a cabalidad. Están ahí. Escondiditas. En el caso de Flor, es eso: padres ausentes, abuso sexual, y todo combinado con la culpa, supongo. Una culpa tan grande que hace trampas con la memoria.

WCFTD:
Sabotajes. En ese sentido, el Saiko es la forma literaria de ese tipíco chacal o mayate, ese wey que no se permite postergar una relación homoerótica, ¿hombre que ama sólo a puerta cerrada y en la calle se hace el desconocido?

IS:

El Saiko es el Bujeritos. Me explico mejor: el Saiko es un tipo que sólo ama a escondidas, es cierto, pero el Bujeritos es un tipo gris que se dejó dominar por su familia, por lo que esperaban de él, ejecutivo de empresa, etcétera, pero nunca fue él realmente. Necesitó al Saiko para terminar siendo quien siempre quiso ser. De eso se trata ese cuento: de los miedos que tenemos a ser quienes somos. El miedo de abrazarnos saludablemente. Ya sabes: todos jugamos a ponernos una y mil caretas.

Portada

WCFDT:
¿Entonces el Bujeritos nomás quería loquear y mandar al cuerno a su familia? Esto me recuerda a esa imagen -quizá cliché, pero no importa- del hijo siempre en lucha contra la autoridad del padre, cuyo poder considera opresor. Desde esta lógica quizá la modernidad embona con la figura del padre, la razón omnipotente vista así desde los ojos del hijo.
IS:
Todos mis personajes quieren hacerlo. Justo el otro día estaba leyendo que todas las clases de abuso infantil socavan del mismo modo la personalidad de esos niños y llegan a ser las mismas personas adultas con los mismos problemas. Mis personajes siempre están perturbados, malheridos, deshechos, guarecidos de quién sabe cuántos dolores. Y tienen que liberarse, de algún modo, de esa razón omnipotente de la que hablas. De eso se trata el libro sobre abuso infantil que estoy preparando.

WCFTD:

¿Te imaginas a un Bujeritos distinto, un Bujeritos sin interrelación con el Saiko?
IS:
No imagino un personaje que haya solventado, bien a bien, la separatidad. La mayoría de mis personajes están insertados en la vida de forma dolorosa. Se saben distintos. Expulsados de la sociedad. Solitarios. Eso es lo que conozco. Eso es de lo que puedo hablar. Y recordemos que una condición de lo que escribo es que sea algo de lo que tengo algo que decir. Y nada me sale mejor que aquello que yo mismo he vivido. Quizá por eso las personas siempre creen que hablo de mí.

Cuando escribí “Que todo esto pase de una vez”, que habla de un niño aterrorizado ante la llegada de Satanás-papá, una tía me escribió para decirme que mi papá ya había muerto, que ya no debía temerle. En otra ocasión, cuando escribí “Un imbécil”, sobre un niño que, por más que lo intenta, no puede complacer a su padre, quien desea que su hijo sea un as de los deportes, un ilustrador cometió el error de dibujarme. Y en ese tiempo yo era gordito, pero el personaje no lo era: el personaje era un niño enclenque. Pero es que siempre creen que soy exactamente yo. Y no. Aunque siempre parto de mí, el universo de lo que escribo tiene que sostenerse por sí mismo. Cada texto, según yo, tiene que aprender a caminar solito, tener todo lo necesario, no ocupar ninguna intertextualidad.

WCFTD:
¿Y si hay vidas que por sí mismas tienen la suficiente espesura para sostenerse a sí? A mí me parece super chingón que haya quién diga: “Yo escribo de lo que vivo, parto de allí, pero el texto se sostiene por sí mismo” Me parece valioso mostrar el mundo tal cual sale por el teclado, defender abiertamente una visión sobre la vida. Para mí eso es compromiso. Y no necesariamente el compromiso tiene que ser político. Sino compromiso con la pinche vida que vivimos. ¿Pasa algo así con tu narrativa?

IS:
Justo eso. Por eso no escribí por dos años. Mis amigos me decían: escribe, Iván, eres bueno. Pero yo no tenía nada que decir. Un día mi madre me dijo que mi papá tenía cáncer, y entonces escribí una carta para explicarme por qué no iba a ver a mi papá aunque tuviera cáncer. Y dos años después mi padre se murió, y escribí otra carta para explicarme por qué mi papá, aunque siempre lo vi como un personaje plano, simplón, quizá fue también un ser humano. Pero, cuando decidí hacer de todo eso un libro que estoy próximo a publicar —el cual se llamará Chinga tu madre, papá—, me convencí de que ese padre no era necesariamente mi papá ni yo era necesariamente el narrador. Los textos tienen que sostenerse por sí solos. A mí diariamente me pasan millones de cosas que no le importan a nadie, que ni a mí me importan. Es hasta que tienen algún sentido, que explican algo que nunca se había explicado de cierta manera, cuando vale la pena escribirlo.

WCFTD:
¿Y al padre que mandas a la chingada también tendrá su fragmentación o, digamos su doble; es decir, yo puedo odiar a mi padre, o a la imagen del dios cristiano omnisciente, ese que no intercede por el dolor del mundo, pero puedo amar al padre bondadoso? 

IS:
Cuando el padre omnipresente no existe, existe el rencor contra sí mismo. Uno es su propio padre omnipresente, sus propios miedos, su tirano, su represor, lo que más odie cada quien. Por eso mis textos lo único que buscan, en el fondo, es romper con eso. La emoción regente de mis textos es el miedo. Ese es el hilo conductual de cada uno de ellos, mi punto de vista como escritor.

WCFTD:

¿Y al igual que la relación interdependiente entre el Bujeritos y el Saiko, entre Flor y su hedor; el viaje hacia dentro del escritor no requiere necesariamente del viaje externo?

IS:

El viaje del escritor siempre es conectar con el lector. Pero no se puede conectar con el lector si no se hurga en el alma del lector, y para hurgar en el alma del lector sólo se puede hurgar en la propia alma y apostarle a la empatía de lo humano, que mis miedos quizá se parezcan a los de otros, que mis dolores se correspondan con muchos dolores parecidos y que mis respuestas puedan servir como pauta en la busca de otra verdad.

WCFTD:

Entonces sí hay realidades compartidas: el dolor, el miedo, la búsqueda de liberación de lo anterior, ¿no crees? El dolor es una realidad porque se convierte en regente al igual que el miedo.

IS:
Hay realidades compartidas, por supuesto, pero uno sólo lo sospecha. Por eso cuando un escritor apuesta a atinarle a las emociones de un personaje que cree distinto a sí mismo, a sus causas, a sus justificaciones, sólo puede fallar si ese personaje no es él mismo.
Todos mis personajes soy yo: el padre que aparece en mis textos soy yo.El niño violado y el violador. Soy yo. Quien busca amor y quien, a cambio, cobra una tarifa de cien pesos la hora. Soy yo.

WCFTD:
Muchas gracias, Iván, fue una charla que nos hizo ver muchas historias. Ya ves como son las historias a veces.

 

Para conocer más a fondo al Bujeritos y el Saiko; o bien, para leer de cerca su obra, visiten: www.ivansierra.me

 

 

William Hernández

Egresado de la Licenciatura en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Le gusta cocinar sushi y teriyaki y yakimessi y demás manjares gastronómicos. Nunca ha publicado un libro, pero promete, así como Peña Nieto prometió montonal de cosas en campaña, publicar uno algún día. Quiere ser erudito, pero su mamá no lo deja.

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