La ducha

venimos del desierto

La ducha es un reto literario lanzado a varias personas de Cd. Obregón a través de la página de Facebook y de manera personal, esta última es más efectiva. Hasta el momento hemos tenido muy buena interacción con el público, de los cuales en esta ocasion publicaremos cinco (cuatro de Sonora y una de Quintana Roo) y conforme vayan llegando más se hará una segunda entrega o aquí mismo se colocarán. Lo interesante de este tipo de ejercicios es darnos cuenta de cómo un mismo sitio dispara tantas posibles historias y formas de narrarlas. Estamos conscientes que no es nada nuevo pero sirve demasiado a que emerjan algunos talentos que la gente no sabía que tenía. Si te interesan los detalles del ejercicio puedes enviar tus preguntas a venimosdeldesierto@gmail.com

La ducha (I)

venimos del desierto

El agua recorría lo largo de su espina, zigzagueando entre vértebra y vértebra,  como una serpiente paseándose por la arena del desierto. Su cabeza estaba agachada, permitiendo la caída del agua en su largo cabello café, convirtiéndolo en estalactitas chorreantes. Todo estaba muy tranquilo, el ambiente repleto de humedad no traía nada más que silencio, silencio y vapor de agua.

De pronto, la manija de la puerta se movió. Gabriela, que se encontraba inmersa en su meditación, abrió los ojos de golpe y giró en dirección al ruido. El seguro estaba puesto, por lo que la puerta continuó cerrada, pero ¿Quién había querido entrar si Gabriela vivía sola en su departamento?

Gabriela se quedó mirando unos segundos la manija, esperando que se volviese a mover, pero nada sucedió. ¿Acaso lo había imaginado?, a veces sus sentidos la engañaban, pero aquello le había parecido muy real. El chorro de agua ahora chocaba directamente sobre sus omoplatos, mientras su figura permanecía tensa ante la mirada de la puerta.

— ¿Quién anda ahí?—gritó preguntando, y al momento le pareció absurdo el hecho de haber hablado. No era como si el ladrón, o el sujeto (si es que había alguno), le fuese a contestar, aunque se quedó expectante ante la posible respuesta, o algún sonido que funcionara como tal. Pero nada, solo el ruido acuoso del chorro de la regadera.

Rendida ante la idea de su posible paranoia, Gabriela continúo con el ritual. Talló su cuerpo con un duro estropajo repleto de jabón, primero sus largas piernas, torneadas por el habitual ejercicio, luego, subiendo en movimientos circulares, llego hasta su vientre, donde el estropajo fue más suave y utilizó más sus manos, que se llenaron de jabón al momento. Después vinieron sus brazos, sus codos, sus hombros y por último sus senos, de los que muchos hombres hubiesen deseado ser el jabón que se encontraba en ellos en ese instante.

Terminada la rutina de frotar su cuerpo, seguía la de lavar su largo cabello. Puso a un lado  las fibras, con las que había recorrido cada poro de su piel, y tomó la pesada botella de champú. Extendió su mano izquierda, mientras que con la derecha abría y volteaba la botella, saliendo de la punta un líquido espeso. De repente y justo antes de poder colocarlo en su cabeza, escuchó un cristal romperse. El sonido había sido estruendoso, tanto que la había hecho saltar del susto. Su piel, que tenía los poros abiertos por el caliente vapor, se puso como de gallina y giró de nuevo en dirección a la puerta, con la mano izquierda sosteniendo el líquido como si fuese un trofeo. Una gota rosada del champú se escapó de su mano, cayendo hasta el piso blanco de la ducha, donde el torrente del agua se lo llevo por el desagüe. No quería salirse de la regadera, no sin haber terminado de bañarse, y menos, sabiendo que había un sujeto pasando esa puerta.

—Quien quiera que sea, llamaré a la policía si no se va de aquí de inmediato— dijo en una declaración estúpida. Vencida ante la idea de un extraño, se lavó el jabón de la mano (que hizo muchísima espuma antes de irse totalmente) y cerró la llave del agua. Las cañerías dieron un quejido justo antes de parar el flujo del agua; fue un quejido largo y sonoro. De pronto otro cristal estalló detrás de la puerta. Esta vez, Gabriela, decidió no decir nada, sólo tomó la toalla y comenzó a secarse el cuerpo. Siguió un método similar al del baño; primero sus piernas, luego vientre y luego cabeza; cuando estuvo lo suficientemente seca, salió de la ducha. Su cuerpo temblaba y, al mirarse en el empañado espejo, se dio cuenta que estaba pálida; pero esto solo fue un segundo, pues la luz se apagó de golpe. Estaba desnuda, mojada, a oscuras y sola en aquel cuarto, aunque pasando el portal probablemente no habría mucha soledad esperándole. Con miedo, Gabriela se sentó en el retrete a esperar que todo aquello terminara. Pero, justo cuando creyó que estaba segura, un fuerte golpe se escuchó en la puerta. Luego otro. Luego otro. Gabriela no podía ver lo que ocurría, ni si la puerta estaba a punto de vencerse, y en su pánico se acurrucó, subiendo sus piernas a la altura de su torso, y las rodeó con sus brazos.

De pronto se escuchó como la puerta se abrió, pero la negrura permanecía ahí, sólo una silueta muy tenue resaltaba entre las sombras, no obstante Gabriela ya no veía nada, sus ojos estaban cerrados, mientras temblaba ante los ruidos.

Ella jamás se imaginó que aquella sería la última vez que se duchara.

Agradecemos a Pedro Manuel Burgos Quintero por su participación constante en la revista.


La ducha (II)

Ducha 2

Resumen

Objetivo: observar y describir el proceso de la ducha de una mujer y hacer visible el mismo a nivel molecular.

Paciente y método: Estudio prospectivo en mujer joven, la cual llevo a cabo el proceso de la ducha. Se observó, describió y valoró.

Resultados: La observada repasa en promedio tres veces el plan de aseo total, elige la ropa interior, primero las bragas y después el top y la toalla, utilizando dos, su cabello es abundante, tiene una toalla especial para secárselo, selecciona el pantalón, luego la blusa, hace ecuaciones para combinarlos, se ve al espejo y así imagina cómo se verá con tal conjunto, si pasa la prueba coloca todo en la cama, sólo entra la ropa interior, se pone las sandalias de baño, la toalla y listo.

Sus expresiones corporales indica que el baño es el lugar en el que menos le gusta estar, una vez que entra deja todo colgado en algún gancho, atempera el agua, se quita la liga del cabello, la deja a un lado y entra, primero recibe las primeras gotas con la punta del pie derecho y de a poco su cuerpo va recibiendo el baño sagrado, el torso, los senos, por  último la cara y el cabello. Se observan expresiones placenteras, cierra los ojos, baja la cabeza, observa la coladera y se apresura, sujeta el jabón y comienza por el pubis, el trasero después, siempre en ese orden, los senos, los brazos, la cara, las piernas y los pies, después toma el champú y divide el cabello en dos partes, se enjuaga, apaga la regadera, exprime muy bien el cabello, toma la toalla, se seca el cuerpo, coloca la otra toalla en su cabeza, se pone la ropa interior y sale.

Se obtuvo al final una mujer limpia, libre de polvo y células muertas. El proceso se llevó a cabo en un tiempo de 10 minutos con un gasto de ATP bajo.

Conclusiones: La ducha es un proceso relajante, aunque también sirve para reflexionar y tal vez confrontarse con cierto problemas de índole psicológico, la observada mostró un cambio de relajado a ansioso tal vez sea alguna imagen o alguna idea la que la hizo cambiar, los estudios demuestran que el 90% de los pacientes al ducharse y al observar la coladera recuerdan escenas de la película “Eso” (el payaso) de Stephen King, por lo que se puede concluir que esto puede perturbar a la estudiada también, quien dura poco en la ducha aun así, es efectivo el proceso de aseo, tiene poco gasto de ATP al igual que poco gasto de reactivo lo cual beneficia a la sociedad, el mostrar al final la formula química del procedimiento total nos ayuda a pensar acerca de lo que hay mas allá de todas las cosas.

Fórmula química:        H2O+

 Chem

 Chem 2

Agradecemos infinitamente la colaboración de Lis, mi Sirena.


La ducha (III)

Ducha 4

Estuvimos esperando ese momento todo el día: Las 2:45. El momento en el que llega del trabajo, se descalza en la entrada y hace aparición dentro del departamento con sus ballerinas rojas en la mano. Las sostiene por un pequeño moño que tienen al frente y avanza algo torpe por la habitación, dejando caer las prendas una a una, como capas de cebolla marchita. Ella de hecho, se siente marchita. Lo sé porque cuando entra al baño (y ahí se da cuenta de que aún no ha soltado las ballerinas) se contempla en el pequeño espejo y hace una mueca sacando los dientes y masajeando las patas de gallo que comienzan a formársele. Vuelve a contarse las pecas y busca alguna cana entre sus cabellos rojizos.  Pero nada aún. El tiempo ha olvidado visitarla otra vez, y la ansiedad la invade… teme que algún día cobre todas las ausencias juntas.

De su frente escurren gotas teñidas de un polvoso tono “natural 1”. Es su tono de piel, sí, pero cuando se moja la cara por primera vez, comienza a desdibujarse el rostro que se inventa cada vez que se maquilla. Entre los negros de la máscara de pestañas, los azules cobalto de las sombras y ese rojo barato que le disfraza los labios, se vuelve una representación tridimensional y pelirroja del retrato de Dora Maar.

Tiene demasiadas pecas, pero eso se nota hasta que se desviste por completo. Tal vez se tragó algunas semillas de jirafa, y las pecas de la espalda, con el agua de tanto baño, le crecerán hasta que le quede la piel con ese patrón tan particular. Aún frente al espejo tuerce el cuello y se quita un poco de sudor de la nuca. Abre el espejo (Oh sí! Tiene una gaveta oculta tras ese marco oxidado) y extrae de él un rectángulo amarillo en el que se lee “Heno de Pravia” en letras verdes. Alguna fascinación con los animales debe tener esta mujer. El heno es para los caballos. Pero no la culpo, a veces la imagino corriendo por un campo, y ¿Por qué no? Pastando también. Después de todo, es vegetariana. Igual que los caballos y las jirafas.

Abre la llave y lanza una pequeña maldición al aire. El agua está caliente y antes de que ella encuentre sus sandalias, se pierde en una nube. Continúa buscando las sandalias con los pies y cuando las encuentra y desliza sus pies hinchados, hace su entrada triunfal a la regadera entre vapores. De seguro ya tomó lo poco que quedaba del jabón de heno porque el olor a hierbas comienza a tornarse intenso, casi sofocante dentro del pequeño baño. Poco a poco el hilo de plata que cae sobre ella la va deslavando y se va entregando al éxtasis que le produce el contacto con el agua. Pasa su mano entre los cabellos haciendo pequeños círculos y la pequeña capa de espuma que se forma le oculta las yemas rosadas de los dedos.

Cierra los ojos y comienza a pasarse el jabón por todo el cuerpo. ¿Cerrará los ojos para que no le caiga champú o realmente es una experiencia casi orgásmica? Sonríe como idiota y se pasa la mano por la cara para quitarse una capa de espuma que se formó casi sin su ayuda. La duración de esa sonrisa se extiende y sólo es interrumpida por los diálogos que surgen de repente.

–  ¿De verdad? Pues no, creo que no nos conocemos…

Ayer el diálogo era con alguien de su trabajo, José Luis, o algo así.  A veces canta.

– No soy unaaa señoooraa.. . quee hmm unn… a… vii.. aaaaa.. No soy  una señoooraaaa..!!

Repite esa línea indefinidamente. Espero que algún día se aprenda la estrofa completa.  Pero mientras lo hace, yo me distraigo contemplando sus formas ligeras. No hay mucho de dónde agarrar pero funciona. Tiene dos pechos y un ombligo un poco saltado, pero donde debe estar. El hueso de la cadera tiene un lunar. Es ligeramente ovalado.

De fondo están los mosaicos amarillos del baño y el piso blanco enmohecido.  En un estante húmedo hay una canasta con tijeras, más labiales en tonos rojos, esponjas, cremas exfoliantes y productos varios que afirman quitar la celulitis, las estrías, el paño y hasta la nacionalidad. No hay cortina, y aún con los ojos cerrados y la mano espumosa, estira el brazo para tomar algo de la canasta. Es un tubo amarillo en el que se lee “mango tango”.  Aplasta el envase y deja una cantidad generosa en la mano izquierda, después procede a tallarla con fuerza contra su cuello y espalda. Vuelve a recurrir al jabón de caballo y ahora sí, frota todas las zonas que habían faltado, pasa sus uñas entre las de los dedos de los pies, cuidando que todo quede desprovisto de mugre.

Pinche mujer, cómo se talla. Pareciera que quiere quitarse los pecados con jabón. Y luego toma otra botella, esta con aroma a fresas silvestres y se pasa el contenido por todos lados. Pero bueno, allá ella, es su baño y lo estuvo esperando con ansias, o eso creo porque se toma siempre su tiempo. Yo también lo estuve esperando… casi son las 3:23 y cerrará la llave. Intento retener las imágenes en mi cabeza antes de  escabullirme fuera de mi escondite. No me va a creer dos veces que olvidé herramientas aquí cuando vine a arreglar la cerradura.

 

Muchas gracias a Andrea Amavizca por compartir su talento y su tiempo.


La ducha (IV)

Ducha 3

Alis tiene 21 años, se acaba de mudar a Acapulco, no se mudó con su familia ni con algún novio, mas bien se escapó de casa en Nuevo León, tampoco lo hizo para iniciar la universidad, lo hizo por recibió una oportunidad de trabajo: Bailarina exótica.

A las 6:00pm Alis llega al antro donde trabaja, estaciona su auto, saluda al “viene viene” como de costumbre, entra por el acceso especial para todas las chicas, ya está en el camerino es viernes y será una noche larga, el primer paso: tomar un baño.

Es un baño no muy grande solo tiene tres regaderas separadas cada una por un pequeño muro de azulejos diminutos de color verde decolorados que las chicas usan por turnos. Una regadera se desocupa y Alis se apresura para ser la siguiente, camina rápido con las sandalias flourecentes de pata de gallo sus “havainas” un regalo que su hermana le hizo cuando cumplió 18 y  usualmente usa en la regadera porque siempre odió el color verde, más a prisa mientras camina, se va desatando la bata, no es una bata de baño común de esas de “toallita” que suelen usarse, es de hecho la bata de un negligee viejo, el primer atuendo que compró para trabajar en ese lugar hace un año, ya en la entrada de la  regadera se desata por completo  la cinta, es suave negra y transparente, como el resto de la bata, la deja  deslizarse con facilidad por su cintura dejándola entrebierta ya deporsi  muy corta que deja ver la mitad de su trasero. Hecha los hombros hacia atrás para empujarla por completo y dejarla caer al piso, pasa de ceñir su silueta para ser solo un pedazo de trapo con mil formas, curvas, y arrugas tirado  pero que aún puede despedir su perfume, lo empuja con el pie hacia un lado para que no se moje y se percata que el color morado en sus uñas hace buen contraste con la tela, lo mira por unos segundos –podría ser una buena combinación para la próxima vez que vaya de compras- piensa mientras sonríe.

Alis tiene prisa abre la única llave de la regadera, amarillenta, tan chillona que eriza la piel, escucha el agua correr por la tubería  –Aquí viene por fin- pero de aquella regadera tapada con sarro y colores verdosos sólo caen algunas gotas, alza la cara y cierra los ojos para que le resbalen sin molestar, dos gotas corren desde el inicio de su frente resbalan por sus párpados pero no son suficientemente grandes para continuar y terminan su recorrido en las pestañas postizas de Alis, esas que le puso la vecina del departamento que renta, espera cinco segundos, dos gotas mas, tres segundos, las gotas son delgados y ligeros  chorros que hacen cosquillas, dos segundos después hay suficiente presión para que Alis pueda tomar una ducha.

El agua va haciendo recorrido en su cabello, forma canales de agua y termina escurriendo en las puntas de su cabello castaño, larguísimo, lacio, toma la botella de champú con la etiqueta borrosa y pelada, rellenada de champú genérico cientos de veces, -no importa, sirve- piensa Alis, toma la botella y la exprime, deja caer ese líquido ligero color rojo con incontables burbujas en su interior, se siente fresco, incluso pesado en su mano, voltea la botella cierra la tapa y la vuelve a poner en el piso, porque la jabonera se desprendió hace un mes y nadie ha hecho algo por devolverla a su lugar.

Alis coloca la palma de su mano con acondicionador sobre su cabeza y comienza a masajear su cuero cabelludo con ambas manos, el agua lo diluye, los canales de agua que corren por su cabello se vuelve blanca e inagotable; toma el extremo de su cabello y lo lleva por encima de su cabeza, ahora todo su cabello es una es una sola masa, espesa, suave, moldeable, podría moldearla con los dedos por horas, el agua va diluyendo el acondionador y la masa vuelve a ser  solo cabello mojado,  ahora con olor a durazno.

Una chica le grita a Alis -sales en 30-, ella la escucha pero no responde, está debajo del agua que continúa recorriendo su cuerpo hasta llegar a sus “havaianas” flourecentes, estira el brazo y toca un jabón rosa pequeño aun en su envoltura que está encima de la división de azulejos, abre la envoltura con desesperación y con los ojos cerrados lo frota entre sus manos saca espuma abre los ojos y puede observar su reflejo en los colores de las burbujas, tiene prisa, sólo pasa la espuma por sus axilas blancas, pálidas donde el sol casi nunca llega, masajea sus hombros con la calma con la que lo haría un masajista en un spa, con movimientos primero hacia adelante, luego hacia atrás baja las manos hasta su abdomen, lo frota con el jabón y luego su ombligo –ese es muy importante- piensa, -¡26!- le gritan desde lejos por una voz raposa, por la misma chica de hace unos minutos,  Alis lleva la mano a su pubis lampiño como acustumbra a llevarlo desde que trabaja en ese lugar, esta irritado por el uso del rastrillo, hace más espuma con las manos mientras le da vueltas al jabón y comienza a frotarlo, separa un poco las piernas y con tres dedos recorre su zona mas íntima, la misma que cientos de hombres han tocado en algún “privado, respira profundo y el olor a durazno que viene de su cabello la relaja, se inclina un poco hacia adelante y el agua baja desde su espalda hasta sus nalgas, muslos, pantorillas finalmente hasta sus pies, gira la cabeza, cierra los ojos  y la alza de frente al agua que después de varios minutos ahora cae con presión, cierra por completo la llave otra vez con ese sonido chillón que eriza la piel, abre los ojos. Ya está lista para la noche.

Le agradecemos afectuosamente y le enviamos un abrazo a Cinthia Suárez por esta colaboración foránea que recibimos desde Quintana Roo.

 


 

La ducha (V)

venimos del desierto

 

Al llegar a la ducha, abrimos la puerta azulada con aquellas flores decorativas, ponemos play al reproductor de música que colocamos sobre la taza del baño, y aleatoriamente comienza. Deslizamos el cancel a la izquierda, hasta toparse con el otro extremo de la pared llena de azulejos índigos, muy pequeños, simétricos, alineados a la pared de concreto debajo  y divididos por una delgada y fina línea de pegazulejo, como en el resto de las paredes. Entramos, bajando un pequeño escalón donde posa el riel negro y afilado de la puerta. Giramos para crear privacidad cerrando la puerta, y abrimos la llave del agua color plata, muy brillosa donde podemos  ver nuestro reflejo obscuro y deforme.

No está bien, nada. Tengo que salir de aquí, todo está oscuro y no hay nadie. Quisiera escuchar algo, un milagro. Cierro los ojos y veo la libertad, cuando llegue aquí había muchos y hablaban sobre el resplandor en el cielo que es la guía para salir, para volver a vivir. Tanto tiempo, quede sólo y no he visto el salvador rayo de luz que baje a salvarme.

Cuando el agua comienza a salir por la regadera como cúmulo de lluvia, sentimos en nuestra espalda un cosquilleo que se desliza hasta nuestros talones y que se va por la coladera debajo de nosotros.  Tomamos el jabón que se posa en la repisa blanca en frente, nos masajeamos desde los brazos, abdomen, hasta las piernas y espalda. Después de dejar que el agua desvanezca la espuma junto con nuestros problemas, tomamos el champú que nuevamente huele a coco con vainilla. Al abrir la tapa emergen pequeñas burbujas coloridas que caen al suelo. Extendemos nuestra palma poniendo de cabeza la botella y apretándola con fuerza hasta que el líquido sale, dejamos el contenedor y preparamos la mezcla frotándolo en nuestras manos y, uniformemente, lo aplicamos en el cuero cabelludo masajeando nuestra cabeza y creando peinados con nuestro cabello. Y nuevamente el agua hace lo suyo llevándose la espuma.

Intento gritar – ¡Auxilio!- Nadie contesta. -¿Hay alguien?- Vuelvo a intentarlo pero no funciona. Nada funciona. De pronto, veo algo en el suelo ¡es la luz! Por eso nadie la había visto, el milagro proviene de debajo, de lo profundo. Ahora todo tiene sentido, tengo que llegar a ella, corro para alcanzarla y logro bajar cada vez más y más pero el lugar se vuelve más obscuro. Escucho voces, tal vez esté muriendo pero sigo corriendo y de pronto desaparece. Quedo de nuevo en el fondo sin la esperanza de salir, desterrando la teoría de que entre más caiga más pronto terminará. 

Dejamos que el cosquilleo de las gotas vuelva a relucir por todo nuestro cuerpo antes de cerrar la llave color plata detrás de nosotros. Al terminar, jalamos la toalla rosada puesta en la parte superior de la puerta; la colocamos en nuestra cabeza tallando con fuerza para quitar el exceso de agua en nuestro cabello, después la deslizamos por los brazos y el resto de nuestro cuerpo provocando calor.

Me despertó algo inusual, cuando abrí los ojos nuevamente estaba el rayo de luz debajo, decepcionado por lo que había ocurrido con ella, decidí volver a dormir con el desgano  de seguir viviendo. Cuando estaba a punto de quedar dormido miro hacia arriba, y ahí está, de ahí nace la luz, la esperanza. Salí corriendo pero ahora corro hacia lo alto, vuelvo a escuchar voces y el miedo se aleja,  de pronto la luz aparece y desaparece como sombras, no importa si se va porque  ahora se mi camino, sigo corriendo y de la nada comienza a caer agua haciéndome resbalar no sólo una vez, la fuerza de sobrevivir me mantienen de pie, -¡me voy acercando al fin!- Llego a una reja, por los orificios paso muy bien, ya dejó de caer agua así que salgo. Por fin siento el aire y el lugar es más claro y amplio. Busco comida, refugio, un lugar para descansar. Decido recostarme ahí, la alegría no cabe en mí.

Deslizamos de nuevo la puerta para salir, seguimos frotando la toalla en nuestro cuerpo al tiempo que  giramos para cerrar. Miramos la alcantarilla, tomamos una sandalia…

Pero ¿qué pasa ahora? Se nubló de pronto, ya no veo, un escalofrío demandante recorre mi cuerpo, lo siguiente que siento es la explosión de mis entrañas y la vida pasa frente a mí.
Cruel luz, que prometiste amor y salvación el día que tocaras mi suelo. Como perro fiel te seguí y creí en ti. -¡Oh luz pálida, llegaste para verme morir!-.

Lo último que escuchamos es el ¡CRACK! Al aplastar la cucaracha.

 

Muchas Gracias Sarai por colaborar frecuentmente con la revista.

 

 

Supersiquiatra

Metahumano

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