La impredecible sección el Ático presenta: El Gordito, de Etgar Keret

El gordito - Edgar Keret - venimos del desierto

Pero, ¿quién es Etgar Keret?

Etgar Keret Photo by Moti Kikayon - Venimos del desierto

Etgar Keret Photo by Moti Kikayon – Venimos del desierto

Etgar Keret es un escritor de cuentos cortos, guionista de televisión y director de cine israelí, considerado el máximo exponente de la narrativa moderna en hebreo, por su empleo del lenguaje corriente para contar historias donde la vida cotidiana, el humor negro, el surrealismo, lo grotesco y lo infantil forman parte de un mismo universo.
Inició su carrera literaria al publicar Tuberías en 1992, una colección de cuentos cortos que pasó desapercibida. En 1993 ganó el primer premio en el Festival Alternativo de Acre por Entebbe: El Musical. Su segundo libro Extrañando a Kissinger formado por cinco cuentos muy cortos, fue más exitoso y cobró notoriedad pública.
Sus cuentos, consumidos masivamente en Israel por un público mayoritariamente adolescente, se han traducido a más de diez idiomas. En tanto, su carrera cinematográfica es muy promisoria.

Fuente:(Wikipedia)

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Keret es un gran hallazgo para todas aquellas personas a quienes nos gusta el surrealismo, las situaciones extrañas y las fantasías que de repente surgen en las charlas nocturnas como “qué pasaría si…” y juegos de ese estilo. Él lo lleva a cuentos que quizá por su brevedad y contundencia, nos deja con los ojos bien abiertos y en muchas ocasiones con una sonrisa por lo divertidas o extrañas circunstancias de sus personajes.

En esta ocasión la impredecible sección “El Ático” nos trae uno de sus más célebres cuentos El Gordito,  de su libro Un hombre sin cabeza, el cual desde el título ya nos llama y lo que viene es mejor.

El Gordito

¿Sorprendido? Pues claro que estaba sorprendido. Sales con una chica. Una primera cita, una segunda cita, un restaurante por aquí, una película por allá, siempre en sesiones matinales, exclusivamente. Empezáis a acostaros, los polvos son una pasada y después llega también el sentimiento. Cuando de pronto, un buen día, viene a ti llorando, tú la abrazas y le dices que se tranquilice, que no pasa nada, y ella te contesta que ya no puede más, que tiene un secreto, pero no un secreto cualquiera, que se trata de algo tenebroso, de una maldición, un asunto que ha querido revelarte todo este tiempo pero no ha tenido valor para hacerlo. Porque se trata de algo que la oprime constantemente como si de un par de toneladas de ladrillos se tratara. Algo que te tiene que contar, porque es que tiene que hacerlo, aunque también sabe que desde el momento en que te lo revele la vas a dejar, y con razón. Y al momento vuelve a echarse a llorar.

–No te voy a dejar –le dices– yo no, yo te quiero.

Puede que parezca que estés algo emocionado, pero no, y si lo estás es porque ella sigue llorando, no por el secreto en sí. La experiencia te ha enseñado que esos secretos que repetidamente llevan a las mujeres a hacerse trizas son la mayoría de las veces algo de la importancia de haberse echado un polvo con un animal, con un familiar o con alguien que les dio dinero a cambio.

–Soy una puta –acaban diciendo siempre.

–No, que no –insistes tú abrazándolas, o –: Shshshsh –si siguen llorando.

–De verdad que es algo muy gordo –insiste ella, como si hubiera descubierto esa pachorra tuya que tanto has intentado ocultar.

–Puede que dentro de ti suene espantoso –le dices –pero es por la acústica. Ya  verás como, en cuanto lo saques fuera, de repente te parecerá mucho menos grave.

Ella casi se lo cree y tras dudar un instante dice:

–¿Si te dijera que por las noches me convierto en un hombre peludo y enano, sin cuello y con un anillo de oro en el meñique, entonces también seguirías queriéndome?

Y tú le dices que por supuesto, porque qué vas a decirle, ¿que no? Lo único que está intentando es ponerte a prueba para ver si la quieres incondicionalmente, y tú siempre has estado soberbio ante cualquier prueba. Además, la verdad es que en cuanto se lo dices ella se derrite y ya estáis follando, así, en el salón. Después os quedáis abrazados y ella llora, porque se siente aliviada, y tú también lloras, anda a saber por qué. Pero a diferencia de otras veces ella no se marcha. Se queda a dormir contigo. Y tú te quedas despierto en la cama, mirando su hermoso cuerpo, el sol que se está poniendo ahí afuera, la luna, que aparece de repente como de la nada, la luz plateada que le toca el cuerpo acariciándole el  vello de la espalda. Y en menos de cinco minutos te encuentras con que a tu lado, en la cama, tienes a un hombre bajito y regordete. El hombre en cuestión se levanta, te sonríe y se viste algo turbado. Sale del dormitorio, y tú tras él, hipnotizado. Ahora ya está en el salón, pulsando con sus rollizos dedos los  botones del mando de la tele, dispuesto a ver los deportes. Fútbol, un partido de la Liga de Campeones. Cuando fallan el tiro maldice y con los goles se levanta y hace la ola. Después del partido te dice que tiene la garganta seca y el estómago  vacío. Que le apetecen unos pinchos, a ser posible de pollo, aunque también se apañaría si fueran de vacuno. Así que te subes con él en el coche y lo llevas a un restaurante cercano que conoce. La nueva situación te tiene preocupado, muy preocupado, pero no sabes muy bien qué hacer porque tus redes neuronales están bloqueadas. Tu mano, como la de un robot, cambia las marchas mientras  bajáis hacia Ayalon y él, en el asiento de al lado, tamborilea en el salpicadero con el anillo de oro que lleva en el meñique, cuando en el semáforo que hay  junto al cruce de Beit Dagon baja la ventanilla electrónica, te guiña un ojo y le grita a una soldado que está haciendo autoestop:

–Chata, ¿quieres que te subamos atrás como una cabra?

Después, en Azor, te pones a comer carne con él hasta reventar mientras lo ves disfrutar de cada bocado y reírse como un niño. Y todo el rato te dices a ti mismo que no es más que un sueño, un sueño extraño, es verdad, pero de esos de los que enseguida te vas a despertar.

A la vuelta le preguntas dónde se quiere bajar, pero él se hace el sordo y pone cara de víctima. Así que te ves volviendo a tu casa con él. Son casi las tres de la mañana.

–Me voy a dormir –le comunicas, y él te dice adiós con la mano desde el puf y sigue con la mirada clavada en el canal de la moda.

Por la mañana te despiertas cansado, con un poco de dolor de estómago, y la encuentras en el salón, todavía dormitando. Pero en cuanto has terminado de ducharte se levanta, te abraza con cierto aire de culpabilidad y tú te sientes demasiado confuso como para decirle nada. El tiempo pasa y seguís juntos. Los polvos no hacen más que mejorar de día en día. Ella ya no es tan joven, ni tú tampoco, así que un buen día te encuentras hablando de tener un hijo. Por la noche cuando salís, tu gordito y tú os lo pasáis en grande como nunca te lo habías pasado en la vida. Te lleva a restaurantes y a bares de los que antes no te sonaba ni el nombre, bailáis juntos encima de las mesas y rompéis platos y más platos como si el mañana no existiera. El gordito es muy majo, pero un poco grosero, sobre todo con las mujeres. A veces hace unas observaciones que tú no sabes dónde meterte. Pero, aparte de eso, la verdad es que es una pasada estar con él. Cuando os conocisteis, a ti el fútbol no te interesaba demasiado, mientras que ahora ya te conoces a todos los equipos y cada vez que el equipo del que sois hinchas gana te sientes como si hubieras pedido un deseo y éste se hubiera cumplido, un sentimiento muy poco frecuente, especialmente en alguien como tú, que normalmente no sabe ni lo que quiere. Y así, todas las noches, te duermes con él cansado viendo los partidos de la liga argentina y por la mañana  vuelves a despertarte al lado de una mujer guapa y comprensiva a la que también amas a rabiar.

Supersiquiatra

Metahumano

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