Literatura | David Cano | Los Conejos

David Cano - Los Conejos - Venimos del desierto

El siguiente es un relato corto de David Cano, poeta urbano de Cd. Obregón.

Una mañana te enterás, que un amigo ya no está
el sol incendia tu cabeza y parte la ciudad…
2 MINUTOS

A Daniel Davis Drew, mi hermano,
con quien viví la contracultura
en territorio de vaqueros.

La veladora de la Guadalupana que prende mi amá todas las tardes está ahí donde siempre, el sol sigue saliendo por el mismo lado de la casa y entra sin consultar a nadie a las siete a eme. Como de costumbre viene a darme ese golpe luminoso en la cara, situación soportable por cinco minutos, después uno despierta. Hoy la ley de la rutina, no aliviana. Ahora salir del lugar donde se está tranquilo, salir del sueño, duele. Sigo con la idea de no tener que jalar para ganar lana, sigo con mi manía de hacer ese ruidito con los dientes que a todos molesta. Todo parece lo mismo… pero no lo es, de eso estoy consciente.

Después de fumarme el último cigarro, mis manos portaban la salvación que no encontraba. Rueda que rueda rueda, cortesía del pitufo. Observaba el techo mohoso de mí cuarto, siempre armaba figuras en mi mente con esas manchas, a veces parecían gente caminado, otras, unos gorilas gruñendo. Reflexionando viendo ese techo, tomé la decisión. En ese momento todo fue claro: para mí ya nunca volverá a ser lo mismo esta realidad sin ella. Todo es como esa absurda imagen clavada en la cabeza que se forma después de ver las manchas de moho. Un par de conejos cogiendo con odio hasta el infinito. Primera rueda adentro y el trago amargo del licor barato que compré a tan sólo catorce cincuenta con todo y el IVA en el OXXO, sé que darán resultado. Al menos, conservo la fe.

Me resulta insoportable la idea de no volver a verla caminar por la prepa 16, con su falda más debajo de la norma, con su mochila rayada por sus camaradas tagers, los TLL y los pins de sus bandas favoritas en las asas de la mochila. Recordarla era un puente que no lleva a ningún lado, era ese molesto coger de conejos compulsivamente.

Dicen que al momento del impacto la muerte es instantánea, que no hay dolor, pero es imposible no pensar en que existió el dolor, más si sabes que recogieron los restos de lo que alguna vez fue su cuerpo y tuvieron que armarlo como un rompecabezas sin alma. Sus ojos, siempre lo pensé, tenían algo de oriental, “rasgaditos” decía ella y sonreía; acto seguido el ligero chingazo en el estómago. Siguen los conejos parchando entre negras texturas y pienso que me volveré loco. Siento algo de mareo. Tan sólo falta media hora para que explote la otra rueda….

Ese día después de la tocada, fuimos la Annie, el Pitufo, el Muecas y yo con la Karla Loca a fumar una motita que le habían traído de Tijuas. Estuvimos siguiendo el ritual del clásico baisa y rola, baisa y rola, escuchando banditas punk. El Pitufo miraba a la nada, estaba en otra galaxia, con su aspecto habitual de zombi, resultado de tanta mierda química que se metía. Al cabrón el cerebro ya nada más le servía para caminar, comer, cagar, como si fuera un tamagochi. Ya íbamos a darle killer a la mois cuando Annie se paró y le dijo al Pitufo, que pa´todo decía que sí, “¿qué ondas mi Pitu? fuga por el conecte ese que te dije, acá con la doña Rosa.” Se despidieron con promesa de traer cura chila. Los que nos quedamos hicimos una coperacha para ir por unas kiwas. Estuvimos así un rato y al ver que nomás no llegaban, cada quien se abrió a su cantón.

A la mañana siguiente al entrar a la escuela vi una mancha de people; parecía que había bronca. Me le acerqué a un vato que pasaba y me dijo que el pinche TrEnZa, de los TLL, se puso a romper los vidrios de un salón de clases a putazos después de saber lo de Annie. El TrEnZa nunca aprendió a llorar, por eso siempre que estaba triste le daba por la destrucción, por lo general, cantaba tiros al que pasara, al que tuviera la mala suerte de cruzar una mirada. Lo de rigor: ¿Por qué lo clavaste TrEnZa? me miró feo el puto, su respuesta de ley. Iba acercándome al desmadre cuando se me atravesó el Pitufo con la cara más larga que de costumbre.
―¡Pinche Miguelón!, ¡la Annie güey!― se le quebraba la voz― ¡Valiendo verga!… Después de dejarme en la moto, pues acá, andábamos bien atravesados y… ¡se dio en la madre, cabrón!, ¡Se mató güey! Comenzó a soltar ese llanto inconsolable que siempre va mezclado con mocos y suspiros. Yo en ese instante me quedé en shock. Mi cabeza no entendía.

Apenas ayer la vi haciendo desmadre con la Karla Loca. Ayer hasta me dijo que había conseguido el nuevo disco de “La Perra vida” y que me lo iba a rolar. Nunca había tenido la muerte cerca de mí, salvo por el tío Ramón que murió de cáncer, pero yo era muy pequeño y no se siente igual. Solamente de un momento a otro me di cuenta que mi tío dejó de existir y ya… sin más ni más. Abracé al Pitufo y lloramos por un rato.

―Aliviáname con tus porquerías, no seas puto…― le dije, después de meditarlo un rato sacó de su bolsa el par de ruedas y me aconsejó que nomás no me pasará de lanza, pues al final de cuentas yo sólo era pedo, mas no yunkie. Me propuso que si iba a usarlas que él me cuidaría para que no me malviajara.

De ese día es todo lo que recuerdo, los demás días fueron transcurriendo de manera absurda. Actuaba como si fuera un títere movido por hilos invisibles, imagino que era la forma de poderme sobreponer del putazo macabro del destino. Mira que chingadera de la cabrona muerte, llevarse a la Annie, cuando ella era la que nos alivianaba, siempre alegre, con su onda conciliadora y sus buenas vibras. Malditos Conejoooooooos siguen dándole al mete y saca, agarrando de colchón de sus milcogederas mi cerebro.

Tomé la última rueda. Pasa el tiempo. Nada duele…

Conejos alegres hacen el amor

Annie sonríe para mí

El vacío es hermoso.


Por: David Cano

Poeta

Supersiquiatra

Metahumano

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