Tercer Reto Literario | Tema: Historias cortas a partir de la nota policiaca.

venimos del desierto

Queremos agradecer a todos los que participaron en el “Tercer Reto Literario” y enviaron sus historias creadas a partir de la nota policíaca. Surgieron experimentos muy interesantes como se puede intuir al mezclar la realidad con la ficción. Es importante mencionar que se inspira de la nota roja y de ahí en adelante comienza la ficción, descartando cualquier coincidencia con las personas del periódico.

Recibimos hasta el momento ocho relatos por lo cual tendremos dos publicaciones del mismo para no cargar mucho un solo post.

 

"Falsa alarma, confunden perro muerto con 'encostalado'"
 Una gran movilización policíaca y de cuerpos de auxilio provocó el reporte del hallazgo de un supuesto “encostalado”, ayer domingo por la mañana.
Sin embargo, al revisar los elementos adscritos a las Policías Estatal y Municipal, lo que originó el reporte, se percataron que se trataba de un perro muerto y no de una persona sin vida.
Las acciones de búsqueda se llevaron a cabo a la altura del bordo del Canal Bajo y la calle Cananea, al norte de Ciudad Obregón.
Como se dijo en el reporte que el cuerpo se encontraba en el canal, también acudió el grupo de rescate del Departamento de Bomberos, pero al conocer que fue falsa alarma los elementos se retiraron del sitio.
venimos del desierto

Dog

El perro muerto

1

—Comandante— dijo un joven oficial, asomándose por la puerta de su oficina. El comandante se encontraba dormitando, aunque a cualquiera le hubiese dicho que estaba concentrado en su labor.

—Que sucede, Pérez— dijo el comandante, mientras se paseaba los dedos por sus ojos, tratando de apartar el sueño.

—Disculpe si lo he molestado, comandante. Lo que sucede es que no dejan de llamar reportando un “encostalado” a las orillas del canal bajo.

El comandante se avivó al escuchar esto, no porque le sorprendiera el muerto, sino porque el lugar estaba muy dentro de la ciudad.

— ¿Tan cerca?… ¡demonios! cada vez nos ponen más en aprietos; ¿ya mandaste alguna unidad a revisar?

—No, señor. Estaba esperando su autorización— dijo Pérez.

—Pues hazlo de una vez, no queremos que más gente se dé cuenta de esto, no necesitamos notas en los periódicos— dijo el Comandante, mientras se ponía de pie de su silla—, ah y Pérez…

—A sus órdenes, señor.

—Dile a Camilo que me traiga un café antes de irte, por favor.

—Camilo no vino hoy, señor.

—Bueno, ¡quien sea!, pero que me traigan el maldito café— dijo el comandante, exaltado ante la respuesta.

—Está bien, señor. Con permiso— dijo Pérez, un poco movido ante el grito del hombre.

Cuando Pérez salió por la puerta, el comandante se volvió a sentar y, acomodándose en su amplia silla, comenzó a “concentrarse” en su labor.

—Malditos incompetentes, ni un café pueden traer— se dijo a sí mismo, antes de caer rendido ante su exhaustiva labor.

2

Las unidades salieron con un ligero retraso, como era habitual, a la zona indicada por las llamadas. Cuatro patrullas cargadas de hombres en uniforme para buscar un cuerpo sin vida, entre ellos Pérez, que iba mirando todo el recorrido, perdido entre sus pensamientos.

— ¿Qué te pasa, Pérez?—dijo el policía sentado a un lado de él. Era un hombre viejo y bastante obeso, el uniforme parecía estar a punto de estallar por la presión ejercida por su barriga.

—No, nada. Pensaba en cosas, preocupaciones, dudas…

— ¿No andarás metido en algo “fuera de la ley”?, ja ja ja, solo bromeo, muchacho. No te juntes mucho con Camilo, esos negocios que trae con la mafia no terminarán en nada bueno. Dicen en la comandancia que el muerto podría ser él.

—No, nada de eso. Bueno, según lo que escuché, se reportó enfermo el día de ayer. Pero no pensaba en eso, si no en ¿por qué vamos tantos a recoger un cadáver?

— ¿Investigación?, ¿apoyo?, yo que demonios se, hijo. Yo solamente hago lo que me dicen, mientras no haya balazos de por medio, claro está— dijo el viejo, dándole una amarillenta sonrisa.

3

Cuando por fin llegaron, todos bajaron de las patrullas y comenzaron a buscar el cuerpo que había sido la razón del reporte. El lugar parecía un poco extenso, por lo que algunos policías hicieron muecas de enfado ante el creciente sol que caía sobre ellos y el calor por la humedad.

— ¡Chingada madre! ¿por qué no tiran a los muertos bajo los arbolitos? Siempre tiene que ser en el pinche solazo— dijo uno de los oficiales que buscaba en las orillas del canal. Pérez también buscaba, y a pesar de que también sudaba intensamente, no comentaba nada al respecto.

— ¡Hey! ¡Muchachos!— gritó el oficial que estaba más alejado del resto. Pérez miró de inmediato en su dirección y comenzó a caminar hacia él, — parece que lo he encontrado.

Pérez fue el primero en llegar, sudaba intensamente por el intenso calor. Los demás se detuvieron unos momentos a la sombra de los árboles y luego prosiguieron su camino hacia el recién encontrado cadáver.

—Parece que es…— dijo el oficial que había gritado, pero antes de poder terminar su frase, Pérez interrumpió, completando la frase.

—Es Camilo— dijo Pérez, impresionado por el hallazgo. El cuerpo de Camilo estaba totalmente mutilado, su garganta estaba abierta de par en par, sus brazos y piernas estaban cercenadas sobre su torso, así como también sus genitales. Todo envuelto en un pequeño costal. Solo su rostro permaneció pulcro, como si lo hubiesen dejado así a propósito.

—Rápido, súbanlo a la camioneta. ¡de inmediato! — dijo un sargento a la espalda de Pérez. El mismo policía con el que Pérez había hablado en la patrulla fue el que lo cargó. Su rostro demostraba fatiga por la tarea, pero lo hizo de cualquier modo.

—Los demás, vayan con los vecinos e indiquen que era una falsa alarma, que se trababa de un perro en un avanzado estado de descomposición. Díganles que nosotros nos encargaremos de tirarlo. Digan lo mismo a la prensa, que no debe tardar mucho en llegar— dijo el mismo sargento, colocándose su sombrero y alejándose de la escena.

—Ja ja ja, un perro. Ese cabrón ni a perro llegaba— dijo el oficial que ya había regresado de dejar el cuerpo en la camioneta. Pérez estaba callado, mirando hacia el canal. Los restos de basura peleaban contra la naturaleza en aquel desolado paisaje.

—No te agobies, hijo— dijo el mismo hombre, acercándose a Pérez —, con que no te metas con ellos y te hagas de la vista gorda, no te pasara nada. Tú confórmate con las mordiditas, y ya; no necesitamos más. Eso le paso por “avorazado”. Y tu calladito con lo que acabas de ver, no quieres meterte en problemas.

El oficial dejó a Pérez solo, que se quedó pensante bajo el fuerte rayo del sol. Otros autos, comenzaron a llegar. Hombres con cámaras se bajaban de ellos y comenzaban a preguntar por qué semejante movilización. Pérez solo se quedó en silencio mirando la poca agua que corría por el canal, era tan sucia como la basura que estaba en todo lo largo de este.

“Ni el agua es pura ya en este mundo de mierda” pensó Pérez, mientras corría a resguardarse del sol bajo la sombra de un árbol.

Fuente: Diario del Yaqui. / Publicado el Domingo, 17 Agosto 2014 23:28  http://bit.ly/1x2iV00

 Por: Pedro Manuel Burgos Quintero


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"Estaba en una  habitación en compañía de  dama y sicario lo acribilló"
Anoche, alrededor de las 22:30 horas, un individuo de 22 años de edad, fue ultimado a balazos por uno de dos sicarios que penetró hasta la habitación donde se encontraba alojado en compañía de joven mujer, en el hotel Best Western, antes San Jorge, en avenida Miguel Alemán y Norte.
El ahora occiso fue identificado como Erick Méndez Acuña, con domicilio en calle Mar del Norte #7829, en el fraccionamiento Prados del Tepeyac.
Su cuerpo sin vida quedó en la habitación 115 de la mencionada hospedería y aunque se solicitó el apoyo a paramédicos de Cruz Roja éstos determinaron que ya había dejado de existir como consecuencia de los impactos de bala que recibió en la cabeza y otras partes del cuerpo.
Los primeros informes, revelaron que Méndez Acuña, había alquilado el referido alojamiento para estar en compañía de una mujer de 19 años.
Fue poco antes de las 22:30 horas, cuando uno de dos sujetos, vestido con shorts a cuadros y playera, se dirigió hasta la habitación, donde tocó y al abrirle la fémina extrajo un arma de fuego, tipo escuadra, calibre 9 milímetros y efectuó al menos cuatro disparos contra Méndez Acuña.
Consumada su mortal encomienda se retiró presurosamente en compañía de otro individuo con rumbo a donde inicia la calle Sinaloa, frente al danzante yaqui y se presume que ahí abordaron un vehículo.
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TENÍA ANTECEDENTES
Erick Méndez Acuña, hace algunas semanas fue detenido por la Policía Municipal, en un sector poniente de la localidad, acusado de despojar de un bolso a una mujer.
Su arresto se produjo, debido a que en el bolso iba un teléfono celular con GPS lo que permitió a los agentes policíacos ubicarlo y arrestarlo.
También se informó que igualmente fue detenido por el delito de robo de vehículo en al menos dos ocasiones, reveló un alto jefe policíaco de la Secretaría de Seguridad Pública.
venimos del desierto

Exposición

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Exif

-Estás muy guapa esta noche -dijo Erick a su acompañante mientras observaba la Tv sin volumen-

-¿Qué dijiste? – dijo ella vaciando todo el contenido de su bolso en la cama que no ocuparían.

-Nada. En dos horas aproximadamente vendrán a matarme según el encabezado del periódico y quiero pasármela bien contigo, así que ¿quieres echar de nuevo todo lo que vaciaste y olvidarte por un momento de tu bolso? -al escuchar esto la mujer entró en pánico y se le quebró la voz.

-¿Pppero que estás diciendo?, cómo que vendrán a matarte, yo no quiero problemas, yo me voy.

-Si te quedas no te pasará nada, además no puedes huir, si lo haces entonces si te matarán, porque aun no son las 10:30, así está escrito, que me dejen estar contigo hasta las 10:30 de la noche. No me hagas hablar más y acércate.

-¿Puedo preguntarte por qué estás tan tranquilo, por qué no huyes?

-Si huyo matarán a mi hijo y a mi esposa, eso también lo he visto, si le disparo alguno de ellos también lo harán, yo en realidad sé a donde voy, sé que sucederá después y no quiero que mi muerte sea en vano… En realidad no pedí estas dos horas para estar platicando, sino para hacer lo que tengo pensado, además para eso te contraté, así que comienza a desnudarte por favor. -la mujer no quiso contradecirlo ni decir algo que lo molestara y comenzó a quitarse la ropa. Erick sacó de una mochila deportiva una cámara y la mujer se sorprendió.

-¿Qué haces? -dijo sorprendida.

-Te tomaré fotos, ese es mi último deseo.

-¿Tú estás loco verdad?, por supuesto que no me tomarás ningunas fotos.

-20 mil pesos.

-¿20 mil?, ¿ya los tienes?

-Están en la mochila, puedes cerciorarte. -la mujer rápidamente revisó y no sólo habían 20 mil sino mucho más.

-¿Qué hago? -dijo ya más tranquila.

-Escribiré algo en tu cuerpo, acuéstate. -Erick rápidamente comenzó a trazar en la piel de aquella chica, sabía que debía aprovechar el tiempo, sentía la hoz cercana.

-El sonido del obturador de la cámara comenzó, la acomodó de muchas formas, varias tomas, enfoques, desenfoques, iso 400, f4.5, velocidad: 1/5.  Terminó la última foto, eran las 22:07.  Acomodó la cámara, le dio algunas instrucciones a la mujer y le dijo que se duchara mientras le daba un beso en la frente.

22:27: Ella sale de bañarse, se viste, tocan la puerta, observa como dos sujetos con el demonio en los ojos, vestidos con shorts a cuadros y playera entran a la habitación.

Cuatro disparos

Sangre

Las estadísticas de violencia agregando un muerto más a la hoja de Excel

venimos del desierto

Dos meses después aquella mujer expuso las fotos en una pequeña galería de arte urbano de Guadalajara, tal como se lo había pedido Erick como un último “favor” de 175 mil pesos.

La obra consistía de siete fotos mostrando a la mujer en posturas de haber sido ejecutada y en su cuerpo rústicamente pintados tenía enormes números en este orden específico: “1” “4” “4” “6” “4” “1” la última de las fotografías fue la del momento del disparo la cual se tomó automáticamente gracias a un sensor de ruido y sin usar el flash, en la cual, evidentemente aparecían los asesinos, dato sin importancia por cierto para la justicia mexicana, pero esencial para el nuevo arte en México que en su diversidad de fotógrafos hay desde quienes sólo muestran, otros denuncian, otros se aprovechan y algunos más poetisan a los muertos del narco. Hay de todo.

El título de la exposición era: “Exif” que es la información que guarda cada foto tomada con una cámara digital y que contiene la hora exacta y el lugar de la muerte de Erick.

Fuente: Diario del Yaqui, 11 de abril de 2014. http://bit.ly/1sVlwT3

Por: Fando


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"Toma un trago de cerveza robada y lo detienen"
Hermosillo, Sonora (PH) Josefino Méndez Guzmán sabía que iba a ser detenido cuando salió sin pagar una cerveza de las conocidas "caguamas", a pesar de eso, alcanzó a abrirla y darle un trago para luego ser asegurado por los guardias de seguridad del centro comercial.
Lo anterior lo informó la Policía Municipal, quienes en su parte policíaco mencionaron que a las 14:20 horas de ayer en las calles Los Granaderos y Periférico Sur, en la colonia Las Lomas, se indicaba que había una persona detenida en el centro comercial.
Los policías fueron hasta el lugar y se entrevistaron con los guardias  quienes expusieron que a Méndez Guzmán, quien cuenta con 32 años de edad, lo sorprendieron cuando salía del negocio con una botella de cerveza Bud Light sin ticket de pago con un valor de 30.70 pesos. El hombre al salir del centro comercial no perdió tiempo, abrió la botella y le tomó un trago, en ese momento fue asegurado por los guardias del lugar.
Ahora Josefino Méndez Guzmán será investigado por robo a comercio abierto al público.
venimos del desierto

Pino

 

La Balada del Pinoméndez

Todo en los comerciales de la cerveza Bud Light es festivo: desde la alegría que invade a los protagonistas del anuncio, hasta la actitud y mirada de los modelos que levitan jubilosos junto a las botellas, transmitiéndonos de manera subliminal algo que hay ahí, en esas imágenes, que nos mantiene salivando como perros pavlovianos durante todo lo que dura el comercial… si no es que hasta más tiempo, y que inevitablemente nos empuja a gritar a todo pulmón, urbi et orbi: ¡Ya se armó!

Quizá fue ese sutil encantamiento, o tal vez fue el calor arrebatador de 45 grados celsius a la sombra de un pirul, más la humedad de 58%, lo que hizo que Josefino Méndez Guzmán se sintiera invadido por el espíritu de Aquiles —“el de los pies ligeros”, según Homero en La Ilíada— y pusiera dirección de proa en su vieja bicicleta veintiochona Benotto —“La Italiana”, como la había bautizado en una borrachera de hacía más de dos décadas— rumbo a la confluencia de las calles Los Ganaderos y Periférico Sur, en la carta esférica de la colonia Las Lomas. Sí: justo donde termina la cultura y empieza la carne asada.

Llegar, atar las amarras de “La Italiana” en el muelle de un anuncio de ALTO —con más agujeros que el represo contenedor del lixiviado de cobre de la empresa minera Buenavista—, alisarse la camiseta con la imagen desteñidona de Megadeth y los pelos tipo “Piojo” Herrera celebrando un gol —a quien en TvAzteca han elevado a la categoría devaluadona de héroe nacional— fue todo en un solo movimiento de manos. Después pasó lo que pasó.

El diario amarillento de Sonora consigna que Josefino Méndez Guzmán —“El Pinoméndez”, para sus amigos más cercanos y chotas abusones, pariente directo de la “Cucaméndez”, la de “La tuba de Goyo Trejo”… Te va a llevar el diablo, Chemalía: el Chobi Ochoa tiembla— entró al establecimiento justo a las 14:20 horas, cuando el calor apretaba el buche más fuerte que Homero Simpson a Bart —del mismo apelativo—, llamando poderosamente la atención de la señora dependienta —una señora con rasgos de invitada al programa de la Señorita Laura, y un aire de aburrimiento absoluto, cual noticia sobre la fluctuación del índice bursátil Dow Jones—, quien en ese momento despachaba dos latas de Red Bull y un six pack de Tecate roja a tres menores de edad, pese a que está prohibido —y no por ser roja, sino por ser Tecate—, y del guardia del lugar, conocido como el “Cerdo” Encinas por su voluminoso vientre y por parecer un tamal mal amarrado —dicen que alguna vez la Magaly Romano, que todo lo sabe en el ámbito de la cultura región cuatro y sus pececitos rancheros, dijo que en este individuo se inspiraron los integrantes de Molotov para escribir su recordada melodía “Cerdo” (no me llames cerdo… ¡Mueve tu puerco!), y nosotros no somos “nadienes” para dudar de eso—.

Heberto Encinas, el “Cerdo”, era un tipo enigmático: parecía inteligente, pero cometía tonterías propias de imbéciles. “Es para destantear al enemigo”, decía cuando ya no encontraba justificación a sus pendejadas. Era un cobarde de marca, lo cual resultaba irónico en alguien cuyo oficio era ser guardia de seguridad. De hecho, medio en broma medio en serio, en la congregación religiosa “El oasis de Noé”, a donde asistía para encontrarle paz a su apodo, sus compañeros de grey, para no abollarle el nickname, le decían “Pussy”. Y no por su definición de gatito cariñoso, sino por ser apócope de pusilánime. Ni más ni menos.

En su edición del lunes, el periódico de marras no señala lo que “El Pinoméndez” había calculado en el pizarrón de su mente en un santiamén —como si fuera el protagonista de la película “A Beautiful Mind”—: “Entro en chinga, la doña se va a poner bien nerviosa, se le va a caer el celular y de aquí a que el marrano del guardia se mueva, yo ya andaré navegando en ‘La Italiana’ rumbo al cantón con mi botín, feliz como una lombriz” —¿quién dice que los delincuentes no tienen sus momentos de cursilería escolar?—.

De alguna manera, el Josefino se sintió el personaje de la “Canción del Pirata”, de José de Espronceda, huyendo por los callejones en forma de ríos caudalosos de Las Lomas, montado sobre “La Italiana”, pedaleando rápido y furioso, y recitando los versos que en alguna de sus vidas anteriores se aprendió de memoria:

“Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor…”

Pero alguien, en algún lugar del cielo o en un horno infernal, tomó un borrador de migajón y, sin avisar ni pedir permiso, empezó a borronear las líneas del guión de ese instante, y cambió la historia drásticamente, pues aquel final feliz de poesía de la primera mitad del siglo XIX se convirtió en un drama sólo comparable a la palabra final de “El Coronel no tiene quien le escriba”: Mierda.

Sería dios, sería Videgaray o sería algún soplón del barrio quien trastocó las líneas de aquella tarde, vaya usted a saberlo, pero aquel navegar sobre “La Italiana” sobre los diversos ríos de la felicidad se resquebrajó de un tirón, como cristal en medio de un tornado… o frente a una manifestación de autodefensas: lo que ocurra primero.

“El Pinoméndez” supo en un momento, justo antes de sacar la cahuama de Bud Light del refrigerador, que aquella aventura no tendría un final alegre para él. De todas maneras siguió adelante: “No seré yo quien se raje ahora”, musitó para sí mismo, en una especie de chillido lento, como si necesitara escuchar su voz para no dejarlo todo y regresarse a casa con las manos vacías y la garganta reseca.

A sus 32 años, “El Pinoméndez” podría decir que había vivido de todo: desde juntarse con una mujer, hasta convertirse en papá de dos pequeños que andaban por el mundo sin futuro. Siendo albañil y con poco trabajo, nada bueno podría esperar para sus hijos, que ahora vivían con su abuela. Recordó por un instante a la Martina Barrientos, la “LeydiDi” de la invasión “Café Combate”, a quien había conocido en un baile promovido por “La Caliente” en homenaje a “Los Invasores de Nuevo León” en el estacionamiento del estadio Héctor Espino. Si bien la “Kim Kardashian” tenía más trasero, la Martina se comportaba como más socialité: “Soy princesa. No trabajo”, tenía en su perfil de Facebook, y en efecto: no lavaba ni sus propios calzones, lo que ya es el colmo en eso de ser socialité.

¿Su mujer? Ya hacía dos años que se había fugado con un repartidor de la Coca Cola, a quien abandonó por un distribuidor de la Bimbo, gracias a su rabiosa fidelidad por los logos en las puertas de los camiones. Ahora mismo ignoraba si ya habría dejado al de la Bimbo por uno de Sabritas, o a éste por otro de Casa Ley o Ferretería La Rumba… la cosa era tener un logo comercial.

Antes de que Hermes le soplara al oído que aquella sería una literal tarde de perros, el Josefino recordó algunos pasajes de su vida, y al ver fijamente las varias marcas de cerveza en el refrigerador, le vino a la memoria aquella noche de julio.

“Albañil las 24 horas del día”, como suele presentarse “El Pinoméndez”, aquella noche del viernes 4 de julio, cuando venía a bordo de su veintiochona en completo estado de ebriedad, fue impactado como a las dos de la mañana (del sábado, pues, diría López Dóriga) por un vochito que a duras penas iba subiendo la Niños Héroes, allá por el lomerío de la Cinco de Mayo.
Y hasta allá fue a dar el Josefino, borracho como andaba, y ya que el chofer del vochito no se detuvo ni para burlarse de él, al “Pinoméndez, que cuando le hierve la sangre sube la temperatura en la ciudad como unos 15 grados, le salió toda su corajuda genealogía, se subió mal que bien en “La Italiana”, la que por fortuna sólo sufrió ligeros raspones, y ahí se fue detrás del vochito, zigzagueando como ratero a media noche con un tambo de gas en el lomo.

Nadie sabe si fue por la nada afortunada comparación anterior o porque por ahí estaban unos oficiales de Tránsito Municipal con unas chicas que recogieron en el Parque Madero, besuqueándose y haciendo cosas malas que parecen más malas bajo los yucatecos que están casi esquina con la Aldama, pero el caso es que los genízaros vieron pasar primero al vochito y calcularon que, dado el estado tan destartalado en que se veía, difícilmente podrían sacarle unas monedas al conductor para entregarle a las eventuales acompañantes, y casi enseguida vieron a un hombre que zigzagueaba tristemente detrás del alemán vehículo sobre una bicicleta. Sí, exacto: era “El Pinoméndez”.

Como gavilán que agarra y suelta no es gavilán, los gendarmes pensaron para lo poquito que les quedaba de sí: “Uno pasa, pero dos no”, y encendieron la torreta y la sirena de la patrulla, que de inmediato dejó de ser hotel de paso para convertirse en vehículo oficial, y le pusieron cola al Josefino. En cosa de 15 metros le dieron alcance porque, al verlos, el ciclista detuvo su marcha con el objetivo preciso de interponer la denuncia contra la persona que iba manejando el vocho, y los tránsitos, que a veces les sale el Fernando Alonso que todos llevamos dentro, le clavaron el fierro a la máquina, así que se pasaron por un buen trecho y hubieron de meter reversa para empatarse con el Méndez.

Para no hacer largo el cuento, los oficiales se bajaron de la patrulla, encararon al “Pinoméndez”, y al verlo a los ojos nomás le dijeron, como si fueran el Piporro: “Uh, mi amigo, vienes franco: traes una beodez que le alcanzaría a toda la corporación”, y enseguida procedieron a detenerlo y, por supuesto, a confiscarle sus pertenencias.

Cuando “El Pinoméndez” quiso decirles que en realidad iba persiguiendo a quien momentos antes lo había atropellado, los municipales sólo se rieron y le dijeron en evidente son de bullying chotesco: “¡Ay, sí!: ahora vas a salir con que eres diputado… y plurinominal, ¿no? ¡Jálele!”, le gritaron y lo echaron sobre las damas, quienes ya habían ocupado estratégicamente el asiento trasero, por lo que el Méndez, célibe a fuerzas, sólo dejó que las manitas se le fueran a todos lados, tentaleando a las chicas y provocando sus chillidos de risa. Y es que, aunque El Imperial no ofrece esta información, “El Pinoméndez” es así: mañosón, mañosón.

Mientras el Josefino subía y bajaba (como el poema de José Martí) montes de espuma con las manos, los tránsitos revisaban el bote en el que se supondría que traería sus implementos albañilísticos, pero con el changazo que se había dado, producto del alcance del vochito, la cuchara y el nivel (que es lo único que tiene) quedaron regados sobre la calle. “Pues de lo perdido, lo que aparezca”, murmuraron los oficiales, y como pudieron acomodaron el bote vacío y la bicicleta en la cajuela.

En seguida enfilaron rumbo al “Parque Madero” a dejar a las doncellas en su área de adscripción laboral, donde también bajaron a “La Italiana”, con la que pagaron los servicios de las féminas, y con el astrolabio de su municipal imaginación pusieron rumbo hacia la Comandancia de la Juárez, a la que llegaron raudos y veloces, y presentaron al pariente de la Cucaméndez ante el juez calificador, quien estaba más borracho que todos esa noche de un día difícil, y les preguntó el motivo, causa u razón de la detención del aquí presunto implicado (ni modo: el funcionario era un popero evadido de la década del 90).

“Mire usted, licenciado —dijo uno de los uniformados, con voz silvestre—, resulta que aquí el detenido venía por la calle en completo estado de ebriedá, causando mucho ruido estertóneo (sic) y molestaba a la tranquilidá de los vecinos, ¿verdá?, y cuando le solicitamos, eso sí amablemente, claro, que le bajara el volumen a su canto, el sujeto, haciendo caso omiso a nuestra observación, le subió más el tono a su melodía, que era ‘La ley del monte’ precisamente, y pos nosotros procedimos a detenerlo”, decía mientras “El Pinoméndez” luchaba contra las leyes de la física —para mantenerse erguido— y contra la versión de los representantes de la ley —porque nada de lo que decían era verdad—.

En su momento, el Josefino dio su versión de los hechos, incluyendo el choque con el vochito, la persecución a prudente velocidad y su posterior detención (olvidó mencionar a las damiselas, sabe por qué), y en su defensa subrayó que, en esa historia, él era la víctima, no el victimario.

Ante tales palabras, el juez sólo esbozó una sonrisa ladeada y socarrona, y dijo, como lo habían dicho antes los genízaros: “Ahora va a salir usted con que es diputado, que goza de fuero y que los que estamos equivocados somos nosotros, ¿no? Órale, va pa’ dentro con todo y chivas”, y después señaló: “Aquí nomás tiene vara alta el arzobispo, porque es el delegado de dios las 24 horas del día; o sea, hasta cuando duerme es un dios pequeño: Usted nomás es un hombre cualquiera”. Y luego lo echaron cual bulto anónimo en la celda.

Sabemos de buena fuente que dos días después, cuando salió todo apestoso a miados de la celda municipal, se presentó ya de noche en el Parque Madero, buscó al par de pichoncitos de la fugacidad venérea, y les prometió convertirles, con sus buenos oficios, su casa en un palacio si le regresaban “La Italiana”. Ellas sí lo hicieron; él no.

Ante el refrigerador lleno de cervezas, “El Pinoméndez” sintió un como aliento helado en la nuca, y lo invadió el espíritu de Julio César —aquel glorioso militar romano—, justo antes de cruzar el Rubicón: una voz venida desde el principio de la historia salió de alguna parte de su cuerpo y se fue formando con las letras de las varias marcas de cerveza que estaba viendo: “Alea iacta est”. Sí: la suerte estaba echada, y nada podía cambiar de nuevo el guión. Abrió de un tirón la puerta de cristal del refrigerador, tomó del cuello una botella de las denominadas cahuamas, marca Bud Light, y la extrajo hacia la realidad. La cerveza dejó de ser una imagen virtual detrás de la fría transparencia de la puerta para convertirse en una extensión de su cuerpo. Alcanzó a ver su precio: $30.70, pero de nada iba a servir esa cifra, porque se alejó lentamente del frigorífico, se volvió hacia la entrada de la tienda y enfiló sus pasos hacia la calle.

Como había pensado, la dependienta se había puesto nerviosa desde que él entró al establecimiento, y el “Cerdo” Encinas puso en práctica su habitual dicho: “Calladito me veo más bonito” y trató de esconderse detrás de una torre de cajas de galletas, lo cual no logró. De hecho, el “Cerdo” Encinas, gracias a su mantecosa humanidad, no podía ocultarse ni siquiera detrás de la Muralla China, así que mucho menos podría hacerlo detrás de cajas de galleta. Y luego, de galletas Gamesa, Surtido Rico: más corriente imposible.

Podía decirse que el Josefino tenía el camino libre hacia la calle, y que ahí afuera la realidad tenía otra textura. Caminó normalmente rumbo a la puerta con la botella en la mano, y justo en el paso 18 se topó con la entrada. La puerta automática se deslizó hacia la derecha y le dejó la ruta libre para que saliera. Lo hizo, y ya en la calle se percató que frente a él, a unos 12 metros estaba estacionada una patrulla, desde la que dos agentes lo observaban fijamente, mientras bajaban del auto con una decisión propia de delantero mexicano al patear un penalti: o sea, valiendo máuser…
“El Pinoméndez” calculó en una rápida regla de tres simple que los chotas tardarían unos 15 segundos en llegar a él, así que se sentó en la banqueta, apretó la mano sobre el tapón de la botella y la hizo girar sólo un poco: un sofocado aullido de felicidad salió del envase, acompañado de un manto blanco y etéreo y gélido como nalga de pingüino, cuya bondad sólo es comparable con el cheque quincenal más un bono por algún concepto extraño. Lanzó la tapa a un lado y cuando los policías estaban a cinco metros, levantó el envase y se lo llevó a los labios. Sorbió por una eternidad, y un torrente espumoso y frío le rasgó la garganta, haciendo que aparecieran en sus ojos racimos de lágrimas inexplicables. Sólo había pasado un par de segundos, pero al Josefino le pareció que la historia de la humanidad había salido de aquel envase y se había ido acumulando en densas capas de algo parecido a la paz en su interior.

Justo antes de que los agentes lo tomaran por los brazos con un semblante de “No era penal”, dejó caer la botella al piso, quebrándose en decenas de trozos sin forma, y “El Pinoméndez” creyó escuchar bien clarito que la humanidad lloraba horrorizada en el charco de cerveza que se había formado en la banqueta. No pudo evitarlo: una lágrima bajó por su rostro, haciendo un surco de nostalgia en su piel, mientras “La Italiana” le decía adiós desde su atadura amarillenta, como mariposa de Mauricio Babilonia que revolotea sin rumbo en la página 218 de “Cien años de soledad”…

 

Fuente: El Imparcial, 27 de agosto 2014.  http://bit.ly/1tZ5tq0

Por: Armando Zamora

armando.zamora@gmail.com


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"Woman shoots grandson after mistaking him for a intruder"
-Mujer dispara a su nieto tras confundirlo con un intruso-
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TAMPA, FLA.—Sheriff’s deputies in Florida say a 7-year-old boy is in critical condition after his grandmother mistook him for an intruder and shot him.
The shooting happened around 1 a.m. Tuesday in Tampa.
According to Hillsborough County Sheriff’s officials, 63-year-old Linda Maddox and her twin grandsons were sleeping after their father had left for work. Maddox told deputies she had placed a chair against the bedroom door handle for extra protection.
When she heard the chair sliding against the floor, she assumed it was an intruder and grabbed a loaded .22-calibre revolver she keeps by the bed and fired one shot in the dark toward the door.
Deputies say seconds later she heard the screams of her grandson, Tyler Maddox. He was shot once in the upper body and was taken to hospital.
venimos del desierto

El muñeco de Jerome

Jerome y el Muñeco de Paja

Lo que estoy a punto de contarte, nunca se lo debes decir a nadie. En especial Tyler, él jamás se debe enterar, tu pronto sabrás por qué. He decidido confiar en ti, pues en todos estos años no conseguí liberarme de los recuerdos de aquel día. Sé que tú me entenderás y que sabrás lo que tienes que hacer cuando llegue el momento de actuar. Ojalá hubiera terminado todo ese día pero no fue así.

Hace más o menos veinticinco años, mi hijo Matt llegó a casa muy emocionado pues había sucedido algo cuando regresaba de la escuela. Él tendría tal vez unos doce años. Me dijo que acababa de conocer a un nuevo amigo y me pidió permiso para visitarlo por la tarde. Le pregunté si se trataba de algún compañero de la escuela o de alguno de los vecinos. Respondió que su nuevo amigo, Jerome, era un niño un poco más pequeño que él, hijo de un pescador.

No le presté mucha atención en ese momento. Fue un mes después cuando noté que mi hijo pasaba demasiado tiempo fuera de casa, jugando con Jerome. Estoy segura que el papá de Matt no hubiera aprobado esa amistad, a mí me era indiferente si se trataba de alguien de color o no, pero empecé a preocuparme el día en que Matt faltó a su escuela por primera vez. El maestro me explicó que Matt había empezado a portarse de una manera anormal. Pasaba la mayor parte de su tiempo callado, ausente. Señaló que mi hijo ya no jugaba rayuela con los otros niños.

Yo misma percibí ligeros cambios en la conducta de mi hijo a lo largo del mes. De ser un niño alegre y desobediente pasó a ser más tranquilo de lo normal, casi mudo.

Decidí que esa misma tarde, iba a seguir a mi hijo a escondidas para finalmente descubrir dónde jugaba o qué hacía en todo ese tiempo con Jerome. Lo observé caminando en dirección al manglar. Iba él solo, no había rastro de su amigo Jerome. Recuerdo bien esa tarde porque el cielo estaba nublado y enrojecido pero no cayó ni una gota de lluvia. Los grillos y las ranas producían un sonido aterrador y la niebla cubría lentamente el manglar conforme la noche se acercaba. Matt se detuvo enfrente de una cabaña de madera en ruinas.

Al mirar el desagradable aspecto del lugar, no pude más y decidí correr hacia mi hijo y sorprenderlo, para después regresar ambos a casa. No puedo describir el enojo que sentí conmigo misma al darme cuenta que había sido tan descuidada con mi hijo. Rápidamente avancé para darle alcance, caminando sobre el lodo y los matorrales, hasta que resbalé y caí al agua.

Todo se oscureció a mí alrededor y no entendí lo que había pasado. Al abrir los ojos estaba recostada sobre un suelo de madera, cubierta con un manto en trozos e iluminada por la luz de varias velas. Grité el nombre de Matt un par de veces hasta que un hombre apareció junto a mí y me dijo que me calmara. Matt estaba sentado en una silla, observándome casi sin expresión.

Me levanté y lo abracé mientras intentaba recordar qué había pasado y visualicé cómo me había tropezado entre las raíces del pantano. El hombre se presentó como Tupac y dijo que era el padre de Jerome. Me explicó que él y Matt me vieron tropezar y acudieron inmediatamente a auxiliarme. Tras recuperarme de la impresión, tomé a mi hijo de la mano y me dirigí hacia la puerta, reclamándole lo mal que está venir a un lugar tan alejado de su casa. Matt salió por la puerta sin protestar. Justo cuando yo estaba por salir, Tupac se acercó a mí. Me aseguré de hacer lo correcto y darle las gracias, pero no voy a negar que hasta ese momento, nunca había estado tan asustada. El lugar era espantoso, lleno de velas, figuras y pergaminos que apenas eran visibles en tan poca luz. El aroma era terrible también, como cabello quemado y frutas en descomposición.

“Tienes un hijo muy hermoso.” Exclamó Tupac. “Ojalá yo tuviera un hijo tan hermoso como él”. Llena de rabia, lo miré firmemente y le dije que mi hijo jamás volvería a ese lugar y que no quería volver a verlo nunca. Aún puedo recordar el aspecto desagradable de ese hombre, con su cabello trenzado y largo, sus ropas de manta con un tinte verdoso y una incontable cantidad de collares sobre su cuello, donde juro haber visto por un momento un esqueleto de murciélago.

Salí de la cabaña lo más rápido que pude y corrí con Matt hasta nuestro vecindario. Matt seguía inexpresivo aunque se le notaba tristeza en su mirada. Tuve una larga charla con él esa noche, explicándole que tenía prohibido visitar el manglar, aquella cabaña, o a su amigo Jerome. Matt pasó toda la noche llorando inconsolable. Intenté ignorarlo pero algunas preguntas aparecían en mi cabeza. ¿Qué hacía mi hijo en aquel sitio? ¿Por qué no estaba Jerome en la cabaña? ¿Qué eran todos esos objetos misteriosos en ese lugar?

El día siguiente, desperté al medio día. El golpe de la caída todavía me tenía muy aturdida. Busqué a Matt en su habitación pero no estaba. Me apresuré a salir de la casa para buscarlo, pero lo veo llegar por la terraza, con sus libros de la escuela en la mano.

“Jerome desapareció, mamá. Jerome se fue”. Exclamó mi hijo mientras me abrazaba lleno de lágrimas. No supe ni qué pensar. No entendía nada, todo esto era muy raro para mí. Pasé el resto de la tarde con mi hijo. Conversé con él de muchas cosas. De su futuro, de su padre, de mi vida como florista. Le expliqué que debía volver a juntarse con sus amigos de la escuela a jugar, que había muchas cosas divertidas qué hacer con los vecinos. Sabía que todo esto era culpa de mi ausencia. Ese día me juré a mí misma no volver a fallar y exponer a mi hijo al peligro.

Al caer la noche, Matt repasaba la lección de matemáticas en el comedor mientras yo estaba sentada en la mecedora junto a la terraza tratando de tranquilizarme. Me invadió una sensación extraña y sentí que alguien respiraba cerca de mí. Después escuché unos pasos sobre el piso de madera de la terraza. Pregunté que sí quien andaba ahí y al voltear vi a un hombre aproximarse. Se trataba de Tupac.

“¿Qué hace aquí? ¡Le dije que no lo quería volver a ver!” Exclamé con fuerza pero a la vez llena de miedo. Con una serenidad tremenda, respondió: “Mi hijo Jerome murió. Fue muy feliz durante sus últimos días vivo gracias a su hijo Matt.”

Yo lo miré, temblando aún, sin saber qué responderle. Estaba segura que algo había fuera de lugar en todo eso.

“No la volveré a molestar, ni a usted ni a su hijo. Solo quiero darle a Matt un regalo. Este era el juguete favorito de Jerome.”

El hombre me ofreció un juguete. Se trataba de un muñeco de tela y paja, como una persona en miniatura. Estaba cosido con cabello y sus ojos eran dos cuarzos muy pequeños. Me negué a recibir el obsequio y le pedí una vez más que se fuera.

Tupac permanecía inexpresivo, casi del mismo modo en que mi hijo Matt estuvo comportándose durante las últimas semanas. No insistió más y se retiró sin decir ni una sola palabra. Esa noche empecé a comprender que ese era solamente el inicio de una serie de cosas terribles que ocurrirían en mi vida y la de mi hijo. Nunca pensé que esto me acosaría por el resto de mi vida hasta hoy.

Matt regresó a la normalidad a partir del día siguiente. Poco a poco su entusiasmo y su energía volvieron a él. No lo escuché volver a hablar de Jerome, de la cabaña en el pantano, ni de Tupac. Conmigo sucedió todo lo contrario. Día tras día, me sentía confundida, invadida por el terror. A veces en las noches, creía ver a Tupac asomándose por la ventana, pero al mirar de nuevo veía solo sombras. La paranoia se apoderó de mí a tal grado que todas mis pesadillas trataban de Tupac y de la horrible cabaña en el manglar. Tanto fue mi temor, que tomé el revólver de mi esposo y me acostumbré a dormir con él junto a mi cama, en caso de que Tupac se acercara a mi casa durante la noche. Mi hijo Matt y yo nunca volvimos a hablar del tema. Fue como si para él todo hubiera sido parte de su imaginación de niño. Yo, en cambio, me llené de inseguridades con las que aún cargo hasta este día.

Pasaron los años y ni Matt ni yo volvimos a mencionar algo al respecto. De vez en cuando me preguntaba a mí misma si aquella noche había sido tan aterradora como yo la recordaba. Después de todo, nada nos había sucedido a mi hijo y a mí. En una ocasión, me adentré en el manglar para buscar la cabaña de madera. La encontré, justo como la recordaba, solo que la puerta de madera había sido arrancada y el interior estaba vacío. Seguía en ruinas, pero no había rastro de vida. Pregunté a mis amigos y a los vecinos, pero nadie de ellos había conocido a Tupac ni a su hijo. Nadie parecía conocerlos y yo no tuve el valor de preguntarle a mi hijo. Juré que no hablaría más del tema, algo que cumplí hasta este día en donde te cuento toda la verdad.

Hace ocho años, Emma, la esposa de mi hijo Matt, quedó embarazada. Fue una noticia maravillosa que me devolvió la paz por unos meses. No tenía ni idea del terror que yo viviría en los siguientes años. Una noche, tuve una pesadilla, en la que Tupac se acercaba a mi cama, envuelto en una túnica roja. Yo intentaba moverme, pero estaba pegada a mi cama. Traté de gritar pero no podía emitir ningún sonido. Tupac se quitaba la túnica mientras me decía: “Este es mi hijo Jerome.”

Entonces, escondido entre la túnica, apareció un niño. Estaba oscuro y yo no podía verlo con claridad. De repente, se encendieron velas en mi habitación y noté que éstas rodeaban mi cama en círculo. Escuché la voz de Tupac, que empezó a cantar en un idioma que no pude comprender mientras el niño se acercaba a mí y trepaba por las sábanas de mi cama.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, vi que era mi hijo Matt, que estaba hincado junto a mí, sobre la cama. Me sonrió y abrió su boca. Con terror, vi como brotaron de ella cientos de raíces en forma de serpiente. Sentí cómo las raíces atravesaron mis extremidades y todo mi cuerpo, amarrándome con fuerza en la cama. No había nada que yo pudiera hacer más que sentir y observar horrorizada.

Entonces Tupac se acercó a mí y me dijo suavemente en el oído: “Tienes un hijo muy hermoso.” Fue justo como aquella vez, años atrás, en el manglar. Pero ésta vez, en la pesadilla, miré de nuevo a mi hijo Matt, y su cara se había desfigurado completamente. Dos capas de piel en sus mejillas estaban cosidas una encima de la otra con largos cabellos negros. Sus ojos habían sido reemplazados por dos piedras brillantes, y de su boca salían cientos de lombrices. Lo escuché decir: “Ojalá yo tuviera un padre tan hermoso como él.” Finalmente, las velas se apagaron y la oscuridad me cubrió hasta que logré despertar.

Fue una experiencia tremenda, inolvidable y horrible. Entendí que Tupac seguía cerca, sin dejarnos en paz ni un momento. A pesar de que no lo podía ver, sabía que él estaba detrás de todo, de mis pesadillas, de mis miedos, de los cambios de conducta de mi hijo.

Esa mañana, mi hijo Matt llegó del hospital con una emoción indescriptible. “Gemelos”. El doctor había revisado a su esposa y aparentemente Emma daría luz a dos varones. No pude ocultar del todo mi ansiedad pero felicité a mi hijo y su esposa fingiendo una alegría que había perdido muchos años atrás. En el fondo, sabía que nadie de nosotros estaría a salvo.

Los niños nacieron meses después y reviví los tiempos hermosos en que cuidé a Matt cuando era un bebé. Los dos se parecían mucho a su padre Matt, pero entre tu hermano Tyler y tú, tú siempre fuiste el más parecido de los dos. No solo en su cara, en sus gestos, pero también en su forma de actuar y en su curiosidad. Tyler, por otro lado, me recordaba más a mi hijo, en el periodo de su vida en que estaba en la escuela, cuando solía hablar de un niño llamado Jerome. Te podrás imaginar, que conforme tú y Tyler crecieron, yo empecé a sospechar de tu hermano. Yo tenía un presentimiento que no puedo describir, de que él no era mi nieto.

Te resultará abominable que yo diga esto, pero estoy segura que me comprenderás cuando haya terminado de contarte cómo pasó todo. Espero que pronto recibas ésta carta, para que entiendas lo que ocurrió la noche del accidente, cuando tú y Tyler tenían siete años. Lo que haya sucedido conmigo será irrelevante para entonces, pero la responsabilidad de proteger a la familia estará en tus manos.

Ustedes y su padre llegaron a mi casa una mañana. Su madre Emma había viajado fuera de la ciudad, y su padre Matt debía trabajar toda la noche. Ustedes iban a dormir en mi casa esa noche y yo acepté en cuidarlos, porque la última vez que los tuve conmigo fue cuando apenas tenían meses de nacidos. Me sentí conmovida al ver que mi hijo Matt aún confiara en mi capacidad de cuidar niños, a pesar de que la edad me ha alcanzado y que no fui la madre perfecta cuando él era joven.

Tú y tu hermano jugaban en la terraza en aquel día lluvioso. Mi hijo Matt partió a su trabajo al medio día y se despidió de ustedes con un fuerte abrazo. Recuerdo que yo estaba en la cocina preparando un pastel para ustedes. También recuerdo lo inquieto que eras, pero no Tyler. Tyler era muy callado y siempre me miraba fijamente sin decir ni una sola palabra. Imagina cual fue mi horror, cuando Tyler y tú llegaron al comedor a enseñarme lo que habían encontrado en la terraza: un muñeco de paja, con ropita de tela e incrustaciones de cristales. Por supuesto, había sido Tyler quien había encontrado esa abominación. Les dije que me esperaran en la cocina, mientras subí a mi recámara a buscar el revólver. Juraba que Tupac les había entregado el muñeco, no debía estar muy lejos de ahí.

No logré ver a nadie. Solamente estábamos ustedes y yo en la casa. Al caer la noche, el cielo se tornó rojizo y nublado, exactamente como la noche en que seguí a Matt hacia el manglar. Me quedó claro, que esa noche Tupac regresaría a volver realidad todas mis pesadillas. Yo estaba prevenida.

Después de cenar los mandé a los dos a dormir en el antiguo cuarto de mi hijo Matt, que se encuentra en el piso de arriba. Ahí iban a estar más seguros, pensaba yo. Ojalá pudieras perdonarme, en ese momento yo no entendía de dónde venía el verdadero peligro.

Inició la tormenta. Relámpagos y lluvia incesante rodearon mi casa. Recostada sobre mi cama, fingía estar dormida, con una mano cerca de la cómoda para tomar el revólver en cuanto fuera necesario. Mis ventanas estaban bien cerradas y atranqué la puerta con una silla. Fue ahí cuando todo a mí alrededor se desvaneció conforme me invadió la somnolencia. Y lo vi. Vi a Tupac caminando por la terraza. Lo vi entrar hacia la cocina y girar a la derecha en dirección a mi cuarto. Su cara estaba totalmente cubierta por cabello trenzado. Llevaba puesta la túnica roja otra vez. Empecé a temblar, pero me dije a mi misma que debía ser fuerte y tener el valor de enfrentarlo. De repente, escuché pasos que provenían de las escaleras. Mi sorpresa fue enorme al observar a Tyler, envuelto en una sábana, que bajaba las escaleras temblando. Sus ojos me miraban con firmeza, y leí sus intenciones detrás de su falsa mirada inocente. Tupac caminó hacia él, y lo envolvió con la túnica roja. Los dos avanzaron hacia mí y se detuvieron enfrente de la puerta. Desde el otro lado, escuché la voz de Tupac decir: “Este es mi hijo Jerome”.

Entendí a la perfección lo que estaba ocurriendo. Vi las velas posicionadas en círculo, rodeando mi cama. Moría de miedo en el interior pero no debía fallar. Tyler, o más bien, Jerome, golpeó la puerta de mi cuarto e intentó abrirla, pero no fue posible por la silla que puse ahí. Sabía a lo que venía. Venía a devorarme, al igual que en mi pesadilla. Pero esta vez, estaba ocurriendo en verdad.

Temía que Tyler ya te hubiera dañado a ti, temía por mi hijo Matt, y por tu madre. Yo no lo iba a permitir, tenía que detenerlo. Apenas y me podía mover, apenas y podía mirar en tal oscuridad. Hice un tremendo esfuerzo y tomé el revolver en mis manos. Entonces, lo apunté hacia Tupac. Cuando los dos me observaron amenazándolos, vi como la túnica se derritió en sangre, y los rostros de ambos empezaron a deformarse. No me atrevía a disparar aún, no había suficiente luz.

“Tienes un hijo muy hermoso”. Gritó Tupac con una voz desgarradora, su rostro cubierto de raíces y de madera, la sangre de la túnica extendiéndose por el piso y penetrando por debajo de la puerta. En ese momento las velas a mí alrededor se encendieron y quedé paralizada por completo. Solo…necesitaba presionar el gatillo…

¡Bang! El sonido del disparo hizo eco en toda la casa. La tormenta se desvaneció conforme la sangre del piso se evaporaba y el resto de la visión se iba con ella. ¿Lo había logrado? ¿Acaso había vencido a Tupac? Me levanté de mi cama, y vi como las velas habían desaparecido también. Sonreí, creyendo que había triunfado. Aparté la silla que bloqueaba la puerta y la abrí. Frente a mí, estaba tu hermano Tyler, con una bala en el pecho, gritando con horror, pidiéndome ayuda.

El verdadero terror lo sentí al descubrir que no había ningún rastro de Tupac. El maldito había escapado una vez más…

Nunca intenté decirle la verdad a ninguno de ustedes. No quería que vivieran atormentados como yo. Después de todo, yo era la única que podía salvarlos y fallé. Pero ahora te toca a ti. Te suplico perdón por no haber logrado matar a Tupac ni a Jerome y por no haberte protegido de tu hermano Tyler, o más bien Jerome. Esto no se ha terminado todavía. Ellos volverán por mí, por ti y por mi hijo Matt. No permitas que le hagan más daño a nuestra familia, te lo ruego. Si llegas a volver a ver a tu hermano, sé que sabrás hacer lo correcto.

Gracias y que tengas éxito.

Linda

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Fuente: Associated Press,  agosto 19, 2014.   http://bit.ly/1kSxr56

Por: Raúl Álvarez


Supersiquiatra

Metahumano

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