Un pascola asustando chilpayates | David Cano | No todos los patos son el mismo pato: La norteñidad según el defeño

Pascola asustando a un escuincle - David Cano

Bajo la forma aventurada del “Si parece un pato, nada como un pato, y grazna como un pato; entonces, es un pato”, se va armando el imaginario sobre el norteño en los citadinos. Y acá en las tierras quemadas por el sol, también nos  guiamos por dicho axioma popular.  Gestamos la siguiente idea: Desde el próximo asentamiento urbano al sur del nuestro, de ahí pa´ abajo,  todos son chilangos.  Así  tejemos mitos sobre las identidades ajenas.  En momentos hasta llegar a la xenofobia, y más en cuestión de la percepción del chilango; pero aquí el tema es otro: cómo somos vistos los norteños por los defeños.

Llegar a donde se catapultan las ideas generadoras de la identidad nacional, basadas en el centralismo, es decir,  estar en la capital siendo norteño, me faculta para poder dilucidar el porqué del statu quo nopalero. A mi parecer, México está diseñado en tres vertientes que generan un equilibrio. Todo cuerpo, aunque sea inmaterial, necesita un cerebro que coordine sus extremidades. Partiendo de esa alegoría del cuerpo simbólico, el cerebro se encuentra en el centro, en la Gran Tenochtitlan.  La capital está constituida en su mayoría por burócratas, hombres de gris dedicados a administrar vidas ajenas.  Aquí gestionar y encaminar al pensamiento es una de sus labores. Por otro lado, tiene que existir el sueño, la belleza y el ocio; el kairós, según los griegos, “el momento adecuado para hacer algo”, ese momento solamente llega cuando no se está limitado por cadenas “productivas”.  Sin esa parte, este monstruo deformado al que llamamos Patria se sentiría triste y sería impostergable su suicidio. Ese aire de libertad está representado, en la praxis, por el sur del país.

Mientras tanto, la parte triste y digna de “orgullo”, que nos hincha el pecho a la mayoría de los norteños, es la siguiente: todo este corpus simbólico necesita sudor y esfuerzo para sostenerse. Somos los músculos, el movimiento, la maquinaria insustituible para accionar al país, claro, en cuestión de producción. En nuestro mundo desértico no hay tiempo para sonreír, aunque seamos risueños, ni para el onirismo, aunque seamos casi puro sueño; tierra de locos y aventureros, de patriarcas pioneros. En el norte se es hombre de acción o se muere, y el trabajo, que es acción, está vinculado directamente con los objetos. Somos víctimas de lo concreto, de lo tangible, de lo que no necesita explicación; ese es el devenir de los nacidos en tierras áridas. Se debe reafirmar el “yo”, somos utilitaristas circunstanciales, tenemos que llenar el espacio con algo para existir, y si no morir en vida bajo el designio del bueno para nada. Eso forma parte medular de nuestra identidad, aunque seas del norte que besa el Golfo de México o del que acaricia al mar de Cortés.

A los norteños se nos homogeniza, y no es por hacer apología al separatismo, pero no es lo mismo sujeto el del noroeste y el del noreste, por lo cual, podríamos decir que hay dos nortes. Estos nortes tienen diferente cultura y aportan de distinta manera al patrimonio simbólico. Me resulta reduccionista la manera de abstraer al norte planteada por Vasconcelos,  con su conocida frase: “La civilización termina donde comienza la carne asada” y aunado a los referentes vertidos por la caja boba, con sus novelas sobre narcos,  se contribuye una falsa lectura de la identidad norteña. Pero la realidad es que hay diferencias hasta a nivel de lenguaje, los del noroeste no conocemos el valor semántico de “werco” alguno, y en tierras regias no han batallado en su vida con las ondeadeses de un “buqui”, y mucho menos conocen lo que esa palabra representa. Simplemente, no se nos puede meter en un solo costal a todos los que estamos cerca del gabacho. Empecemos por distancias, pues por medio de kilómetros no se construye un discurso, las carreteras que nos vinculan, no hacen próximos a un sonorense de un regio, ni  en cuestión de latitud ni discursivamente hablando. Si usted tiene un mapa a la mano (habrá personas que sí) asómbrese de la obviedad ¿Qué está más cerca, el D.F. de Monterrey, o Monterrey de mi tierra, Cd. Obregón, Sonora? Por lo tanto, no sería más obvio, que tengan más en común los regios con los del D.F.

Por ejemplo, en el noroeste, la música contiene un discurso machista exacerbado, habla de un hombre siempre victorioso, en contraposición de otro que pueda hacer desacreditar su valentía, el punto característico es hacer notar cómo alguien crecido en estas tierras tiene un control, más allá de sus fuerzas, sobre todas las situaciones, desde las más cotidianas hasta las más complejas; todo esto acompañado por instrumentos de viento, tuba, trompeta, trombones y bajo el dictado de la clásica tambora, a veces es complementada por saxofón y es prescindible el acordeón. En el noreste no existe melodía sin acordeón.  Así pues, otra es la historia sonora y argumentativa de ese norte más urbano, de empresarios exitosos y emprendedores, los que dejaron el sombrero y los caballos orgánicos, por los que necesitan aceite, ese norte representado por la Sultana del Norte y sus vecinos. La expresión musical con olor cabrito, no trata potenciar victorias, se jactan de mostrar la herida. Son composiciones creadas para dejar fluir el dolor en compañía de otros, se comparte la derrota acariciada por la tradición de la polca. Para fines prácticos, es una cuestión sumamente diferente llorar con los Cardenales de Nuevo León, a fanfarronear con los Elizalde la pérdida de la mujer amada. Y así como éstas hay muchas diferencias, de consumo, de pasiones y valores.

Una diferencia muy notoria son las prácticas deportivas. En el noroeste el beis es el deporte mediáticamente más seguido en cambio en Monterrey el fut es el preponderante, incluso los fanáticos se pelean entre ellos mismos, con sus absurdas barras, que hacen de una ciudad grande un territorio seccionado. En otra parte del país, no había experimentado cómo una ideología puede ser tan trivial y tribal, como en “regioland”  donde el balón decreta donde puedes estar, o eres “Tigre” o eres “Rayado”. En mi tierra las glorias deportivas se dan con base a madrazos, por medio de un bat o unos guantes; no por nada nos enorgullece decir que J. C. Chávez vertió sus primeras lágrimas en tierra yaqui, y eso nos representa un home run, detonante de alegría colectiva, donde todos somos la victoria; el éxito se convierte en tributo a la ciudad completa.

Ergo, aunque parezcan patos, no todos lo son, y el que se sienta escopeta, más allá de su calibre y puntería, nunca va a cazar lo que cree. Hay que terminar con la temporada de aves y dejar esos paradigmas para los dioses que nunca existieron, ni existirán. Norteños  y chilangos hay de todos tipos, ¡veamos a la persona, y aplaudamos la forma!, que es identidad y ojalá nunca seamos escopeta.


Por: David Cano

Escritor

Supersiquiatra

Metahumano

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